FOTOS PINTADAS
de Camargo Rain
lunes 13 de febrero de 2012
Una foto pintada
Este blog se llama «Fotos pintadas», pero la verdad es que casi no he puesto aquí fotos de esas. Pongo hoy una, y pondré más en entradas posteriores por si a alguien le interesa esta técnica.
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La foto de arriba es una foto en blanco y negro, virada en sepia y pintada con rotuladores. (Aviso: para pintar quedan mucho mejor las fotos viradas en sepia que las que son en blanco y negro simplemente). Hay muchas técnicas para pintar fotos, dependiendo, sobre todo, de su superficie. Si son brillantes (como era esta) se pintan mejor con rotuladores o acuarelas aplicadas con pinceles; también con la tinta del rotulador diluida en agua, e incluso con tintas de pastelería. Si son mates, aparte de rotuladores y demás –pues en superficies mates coge todo–, quedan muy bien los lápices de colores y las ceras, con las que se pueden añadir simples trazos o grandes borrones que se extienden con el dedo para cubrir superficies. Además, con un rotulador fino y negro se pueden rebordear los objetos, que es una técnica que le gusta mucho a todo el mundo.
Es cuestión de paciencia: al principio parece que todo queda fatal, pero si se persevera en el empeño se irá observando que con el tiempo los resultados mejoran.
Eso sí: no se puede dar marcha atrás como con el photoshop (Control+z), pero si el resultado no es bueno siempre queda el recurso de meter la foto debajo del grifo y dejarla secar a continuación, pues esta clase de tintas (las de rotulador o las acuarelas) se disuelven muy bien en agua y desaparecen. Los trazos de lápiz o cera se quitan con goma de borrar, y los rotuladores finos y negros no desaparecen del todo de ninguna manera, así que cuidado con ellos, que luego no se pueden borrar.
Otra clase de fotos, como las hechas con impresora sobre cartulina, se pueden igualmente pintarrajear por encima con lápices de colores (o ceras), y los resultados suelen ser divertidos.
Con sprays y plantillas recortadas (para ocultar zonas que no queremos manchar), también se consiguen buenos efectos, y por último, hay quien pinta con óleo o pintura acrílica, sobre todo si las fotos son grandes, pero como nunca me he metido en semejantes berenjenales, de esto no digo nada.
Otra foto pintada puede verse aquí.
miércoles 11 de enero de 2012
Carretera en los Andes
Esto, aunque no lo parezca, es una carretera que recorre una ladera. Está en mitad de Sudamérica, y la tomé en uno de mis numerosos viajes alrededor del mundo (ja ja, que dicen por ahí)... Bueno, no, voy a decir la verdad: este es un tramo de la carretera que desde Bárcena de Pie de Concha (historiado nombre) sube al pantano del Alsa, todo lo cual se puede decir que está en el valle de Iguña, un poco antes de entrar en las famosas Hoces que tantos disgustos nos causaron. Por decirlo ya todo, fue Fernando VI, allá por los mediados del siglo XVIII, quien construyó la carretera que pasa por las mencionadas Hoces, obra ingente para la época. Como de costumbre, la foto se ve mucho mejor si se hace clic sobre ella.
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jueves 15 de diciembre de 2011
Otra vez la isla de Mouro
Es un extraño fenómeno este que sucede en nuestra electrónica sociedad. Basta con que la TV diga algo, que allí se lanza la mara a contemplarlo. El lugar de la foto está por lo general desierto, pero como los del tiempo habían anunciado temporal huracanado (galerna, vamos, para entendernos) en toda la costa norte, la afluencia de público cargado de cámaras y trípodes (y algunos incluso flashes, no se lo pierdan) ha sido de las que se ven pocas veces. Desde el extremo del Chiqui (estoy hablando de Santander) hasta la entrada de la bahía se agolpaban no menos de mil o dos mil individu@s provist@s de sus adminículos, y todos deseosos de hacer otra vez esa foto que tantísimas veces hemos visto (que yo sepa la hemos visto desde los años 60, que ya ha llovido) en la que la ola pasa por encima de la isla de Mouro y la tapa.
Al final, nada; mucho ruido y pocas nueces. Ni temporal huracanado, ni galerna, ni cosa que se le parezca; había bastante mar de fondo, pero eso era todo. Una plácida mañana de suroeste perfecta para tomarse una cerveza en el soleado bar donde se cogen las pedreñeras, lugar en el que, como es lógico, no había nadie: estaban todos esperando a la ola, que, vaya por Dios, no vino. Otra vez será.
(La foto se ve bastante mejor haciendo clic sobre ella. Lo digo porque hay gente que no lo sabe).
Al final, nada; mucho ruido y pocas nueces. Ni temporal huracanado, ni galerna, ni cosa que se le parezca; había bastante mar de fondo, pero eso era todo. Una plácida mañana de suroeste perfecta para tomarse una cerveza en el soleado bar donde se cogen las pedreñeras, lugar en el que, como es lógico, no había nadie: estaban todos esperando a la ola, que, vaya por Dios, no vino. Otra vez será.
(La foto se ve bastante mejor haciendo clic sobre ella. Lo digo porque hay gente que no lo sabe).
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martes 15 de noviembre de 2011
La isla de Mouro (Santander, España)
La isla de Mouro está en la salida de la bahía de Santander, justo al lado de la canal, y constituye una de las imágenes típicas de esta ciudad. La foto muestra el aspecto de este lugar durante los siglos anteriores al XIX, es decir, lo que vieron los romanos, o los vikingos, por poner dos ejemplos.
De este paraje se sabe poco, pues fue una isla sin más durante la mayor parte de los siglos, pero parece ser que durante la Guerra de la Independencia, en 1812, desembarcó en ella un destacamento inglés que la ocupó, y desde sus piedras se dedicaron a bombardear la batería que había enfrente (más o menos el lugar desde el que está hecha foto), en donde estaba el castillo de Hano ocupado por los franceses, a los que desalojaron de allí, permitiendo de esta forma el desembarco de tropas angloespañolas en El Sardinero.
El faro que se observa en la actualidad se construyó a mediados del siglo XIX, durante el reinado de Isabel II, y hasta 1921, fecha en que se automatizó, estuvo ocupado por fareros. La foto de abajo, por tanto, muestra el aspecto que tiene hoy.
martes 11 de octubre de 2011
Baño al atardecer
Aprovechando que ha comenzado el otoño coloco aquí esta foto (propia de la estación que declina), y aprovechando que pongo esta imagen (trucada hasta lo inverosímil), me largo uno de mis textos, que en esta ocasión es una de las múltiples escenas de el Viaje al verano. (Uno de los primeros libros que escribí, que data de 1996).
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Pablito clavó un clavito era un periodista del corazón más simple que un ser unidimensional y con peores ideas que un caimán del Caribe. Pablito clavó un clavito creía en la redención del género humano por los ordenadores, y tenía en la cabecera de la cama una foto del Reverendo Microondas, un broker significado. Gastaba chaqueta de cuadros y gafas de montura de titanio, y a sus escasos años ya se le adivinaba una alopecia importante. Pablito clavó un clavito paraba a veces por el establecimiento de Paco el negro, nadie sabía para qué. Cuando, una de aquellas veces, vio a Laura bailando en el bar, una noche en que por casualidad estaba allí antes de irse a acostar, primero se sobresaltó, y luego una luz, cosa rara, se encendió en su cerebro.
–(La próxima vez me traigo la cámara) –pensó, y eso fue lo que hizo.
Al día siguiente se colocó con pinzas una cámara de espía detrás de la corbata y se acercó a «El Paraíso Terrenal» a probar fortuna. Laura, aquella noche, no hizo acto de presencia porque estaba cenando en la suite amarilla con Tamara, que era una de sus preferidas, y un banquero.
Tamara, que era rubia, de un rubio pajizo, y tenía los ojos verdes, estaba como loca.
–Fíjate, ¡es como si tuviéramos una niña...! –le decía al banquero.
Éste no acababa de entender.
–Oye, pero que yo venía...
Tamara se levantaba de la silla a todo correr y le tapaba la boca con la mano.
–Para el carro, tritón..., que hay moros en la costa.
Laura, que se estaba metiendo entre pecho y espalda una perdiz a la souvaroff –rellena de foie-gras y trufas–, se divertía muchísimo con aquellas escenas.
–Otra vez, ¡házselo otra vez...!
El banquero estaba como acogotado. No había ni empezado su perdiz.
–¡Come! –le decía Laura–. Venga, ¡come...!
El banquero miraba alternativamente a Tamara y a Laura y no daba crédito a sus ojos. No entendía nada, pero nada, y Tamara se escandalizaba.
–Pero bueno, ¿es que a ti no te gustan las cosas nuevas?
(Al día siguiente, el banquero se lo contaba en el ascensor a su director general, mientras subían. «Si le digo a usted lo que me sucedió anoche...». El director general se interesó bastante. «¿Y dónde dice usted que hacen esos números?»).
Pablito clavó un clavito volvió la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente..., pero Laura no aparecía nunca. Los de la puerta estaban bastante moscas.
–No sé qué demonios quiere ese tipo de la chaqueta de cuadros. Se sienta ahí, en la barra...
–Déjale, será un voyeur. Mientras pague...
Al fin, una noche, Laura pasó delante de él de la mano de Vanesa, que era una negra como de dos metros y vestida de cuero de pies a cabeza. Pablito clavó un clavito se puso tan nervioso que tapó el objetivo con las manos y las pocas fotos que pudo hacer no salieron en absoluto. Sin embargo, por pura casualidad, en una de ellas se adivinaba algo, algo se veía. Luego, convencido de que iba a ganar un montón de puntos, se la llevó a su director. El director, que ya tenía sus tablas, no se creyó ni una palabra.
–¿Y dices que esta foto es de una niña que trabaja en una casa de putas? ¡Venga ya!
–Señor director, por mis muertos...
–Mira, Pablito, ¿tú quieres que me quemen el periódico?
Pablito clavó un clavito no quería descubrir sus fuentes, pero su proverbial torpeza no le dejó otra alternativa.
–Pero, señor director, si lo he visto con mis propios ojos... ¡Si es en «El Paraíso Terrenal»...! ¡Y ya he ido catorce veces!
Al oír aquello el director aguzó el oído. ¿En «El Paraíso Terrenal»? ¡Vaya! ¿Cuánto tiempo hacía que no iba por allí...? Bueno, mientras la cosa se definía, podía encargar un trabajillo acerca de aquello a Pérez. Pérez sí que...
–Y óigame, Pérez, óigame bien... ¡Mucho cuidado!, ¿eh?, mucho cuidado, que ya sabe cómo las gasta esa gente.
Pérez, que era igualito que Humphrey Bogart, sólo que más bajo y bastante más feo, chasqueó los dedos y se tocó el ala del sombrero.
–Tranquilo, hefe, usté tranquilo...
A Pablito clavó un clavito, que tenía sus contactos en la capital del reino –en la figura de un colega, que en lo calvo y lo inútil era talmente como su hermano gemelo–, y convencido como estaba de que aquel asunto era de los de pelas, le faltó tiempo para enviarle la foto y añadir una nota de cuatro líneas.
La agencia de su colega, que se dedicaba no ya a materias del corazón, sino del recto, recibió la nota y la fotografía como una más de las muchas que llegaban al cabo del día. El director, que se pasaba la vida revisando noticias que sólo tenían interés para sus autores, bramaba.
–¡A la basura, envíelo usted a la basura!
El colega de Pablito clavó un clavito, que superficialmente tenía aspecto de no haber roto un plato en toda su vida, tampoco veía nada de particular en aquella historia, y mucho menos en la fotografía. Lo que a él le gustaba eran las noticias relacionadas con el bestialismo y, si podía ser, la coprofagia, y con las fotos bien detalladas. La pederastia, ¡estaba tan pasada de moda...! Sin embargo, por hacer bulto lo acabó metiendo en la lista del teletipo.
Lo que sucedió fue que a un periódico del otro extremo del país le falló un asunto de publicidad relacionado con unas pastillas milagrosas, y para rellenar el hueco lo metieron a última hora, de mala manera y como un suelto. ¡Qué cosas tiene la vida! A la mañana siguiente, aquel periódico del otro extremo del país decía en su página duodécima: «¡Una niña trabajando en una casa de putas!», con foto y a una columna. De ahí a una revista de ámbito nacional no hubo más que cuatro días. En la revista de ámbito nacional, además, figuraba la firma: «Texto y foto: Pablo de Borja Bermúdez».
Pablito clavó un clavito, que era gilipollas al cubo y ni por lo más remoto se enteraba de lo que sucedía a su alrededor, estaba muy orgulloso de su hazaña.
–¡Sí, hombre!, es que estas cosas hay que denunciarlas...
Luego, ya más sereno, añadía,
–Esto puede ser el principio de mi carrera –y lo decía a quien quisiera oírle.
Invitó a la peña con la que solía reunirse, y todos brindaron en la barra del bar por la carrera de aquel joven periodista del corazón de provincias...
Pablito clavó un clavito, del que ya decimos que no se enteraba de nada, se encontró, al salir del bar, con que alguien le había rajado las cuatro ruedas del coche. En la puerta del conductor, a media altura, grabado con una llave, o con una navaja, podía leerse: «No duermas». A Pablito clavó un clavito le dio tal ataque de histeria que acabaron viniendo hasta los guardias, y si no llega a ser porque los rezagados del bar le echaron una mano, aquella tarde hace merienda cena en comisaría en compañía del cabo yudoka. Luego cogió el dos y desapareció.
Pérez, por su parte, apareció una mañana flotando en el río, y el caso de la niña que trabajaba en una casa de complacencia se convirtió en «El misterioso asesinato del reportero Pérez», suficiente para un periódico modesto. El director, que había vendido treinta y cinco mil ejemplares extras de una tacada, no abrió la boca, pero el subsiguiente revuelo se lo llevó todo por delante. [...]
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El siguiente enlace está también relacionado con el verano:
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lunes 29 de agosto de 2011
Reunión en la hierba
Corre por ahí la especie de que los veranos de la cornisa norte española son inconstantes, grisáceos, solitarios, aburridos..., pero ello no se corresponde con la realidad. Lejos de la abrumadora torridez que es propia a las costas mediterráneas –cuya agua parece caldo, y no digamos nada de las multitudes que las pueblan...–, se distingue por lo moderado de las temperaturas, el color de los cielos y la cordialidad de campos y playas. La foto está hecha en Santander (en la península de La Magdalena) durante este mes de agosto; la isla es la de Mouro.
Si alguien quiere ver algo más a propósito de este asunto de las fotos de los veranos en el norte de España, puede ver esta película:
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viernes 17 de junio de 2011
Qué paisajes españoles busca la gente en internet
He metido bastantes fotos en Panoramio (alguna menos de 600; estas son las fotos que se ven en los mapas de Google y en Google Earth), fotos de casi toda la España peninsular, y haciendo números y medias con las estadísticas (es decir, las entradas que tiene cada foto) se llega a las siguientes conclusiones:
Las preferencias de las personas que ven fotos en internet (Google Earth es, sin duda, uno de los programas preferidos por los internautas para estas labores) se pueden reducir a cinco grandes bloques que no se corresponden más que lejanamente con la moderna división en comunidades autónomas, sino que más bien habría que entender como criterios geográficas.
1 - El primero de estos bloques, el que más entradas cosecha, comprende la vertiente mediterránea, Cataluña y el País Valenciano, sin que se noten diferencias significativas entre una y otro.
2 - Le sigue (a muy corta distancia) la región que engloba Asturias y Cantabria.
3 - Viene luego Andalucía, y es curioso advertir que el número (medio) de entradas entre las fotos hechas en la costa y el interior es prácticamente igual.
4 - Algo alejada de las anteriores está la región que contiene Aragón, La Mancha y Madrid, que a los efectos que nos ocupan se puede considerar como un todo.
5 - Por último, lo que menos interés despierta es ese enorme territorio que abarca Galicia, León, Castilla, La Rioja y Extremadura.
6 - De Murcia, Navarra y el País Vasco tengo tan pocas fotos que no las he considerado representativas; por lo tanto, no las incluyo en esta estadística.
7 - En resumen: la mayor parte de la gente busca costas; les siguen los del sol, calor y Andalucía, y son contados los que demandan otras etiquetas, como historia, arte, montaña, cultura, soledad y etc.
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sábado 14 de mayo de 2011
Mis fotos en Panoramio, Google Earth y demás
El puerto de Peñíscola
He subido a Panoramio un montón de fotos. Como muchos sabréis, este es el almacén en donde están las fotos que se ven en los mapas de Google y en Google Earth, y allí las encontraréis, pero si queréis verlas directamente podéis ir al enlace en el que aparecen todas, que es el siguiente:
Con algunas de ellas he hecho una especie de vídeo clip (o slideshow, vulgo pase de diapositivas) y lo he metido en YouTube, y para que no fuera tan viudo lo he acompañado con la Marcha turca de Mozart, página celebérrima. Si alguien quiere verlo (dura algo menos de tres minutos), la dirección es:
martes 19 de abril de 2011
Personajes de mis novelas
Estas son Nastasia y Crucita,
dos hermanas que se llevan veinte años y protagonizan
la novela denominada "Crucita y yo".
dos hermanas que se llevan veinte años y protagonizan
la novela denominada "Crucita y yo".
He colocado una nueva página en internet hablando de los personajes de mis novelas. Estos son muchos, ya que he escrito varias, y aunque no tienen una fisonomía definida, puesto que cada uno de los que lee se los imagina de una manera diferente, he querido dar mi particular punto de vista sobre la cuestión. Hay que tener en cuenta que son mis hijos, puesto que los he creado casi de la nada (o me los he sacado de la manga, vamos...). Al principio -como se dice allí- había una hoja de papel en blanco, y luego, con el paso de los meses...
El enlace para ver esta página, que es corta, aunque sustanciosa, es:
miércoles 23 de marzo de 2011
La chica en la que continuamente estamos pensando
Esta es la chica (o la situación) en la que continuamente estamos todos pensando. A ello ayuda bastante el paisaje, claro es, y el ambientillo que se adivina bajo las sales de plata, porque, al igual que sucede con las novelas que molan (en general las antiguas, puesto que las modernas no participan de tales habilidades), es bastante más transparente y descriptivo lo que se insinúa que lo que se dice. A menudo sucede, en esto de los retratos, que no es preciso enseñar la cara de nadie para que todo el mundo entienda lo que tiene que entender.
La foto está hecha en Mojácar, provincia de Almería, durante un mes de abril, en una de esas excursiones que a veces se llevan a cabo y en las que todo parece salir redondo.
(La próxima entrega será: La chica en la que continuamente estamos pensando, parte segunda)
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domingo 6 de marzo de 2011
El siglo XX español en fotos
Después de mucho darle vueltas (y lo que queda, pues falta mucho retoque) he colocado una página nueva en internet. Se trata de una recopilación de fotos hechas por mi abuelo, mi padre y yo. Entre los tres cubrimos el siglo entero, y me ha parecido que a alguien podría interesarle verlas. A guisa de explicación, copio alguna cosa que allí se dice:
Estas fotos no son nada del otro mundo (no aparecen en ellas personajes famosos, ni las situaciones que pintan han pasado a la historia), sino que más bien se trata de una recopilación de fotografías cotidianas (podríamos decirlo así) que describen unos tiempos en que semejante afición no era tan común como lo es hoy. Me imagino, sin embargo, que pese a su fragmentario estado y enormes lagunas, constituyen un mínimo retrato de cómo, en líneas generales, fueron las cosas durante los años que digo, algunos ya muy lejanos (etc.).
El enlace para verlo es:
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jueves 13 de enero de 2011
Exposición fotográfica el día de los Inocentes
Aprovechando la Navidad, y el día de los Inocentes, he hecho una exposición en un bar de mi pueblo. Eran 126 fotos, casi todo retratos, algunos antiguos –que es lo único que se vende–, y para que los interesados en esto de la fotografía se ilustren acerca de cómo fue la cosa, aquí debajo pongo algunas.
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sábado 11 de diciembre de 2010
Vida de un escritor
Mi más que modesta carrera literaria es como la de tantos otros. Durante largo tiempo escribí aquí y allá: en los blocs del colegio, en los márgenes de los libros, en cuartillas de tela, en las paredes… Luego las cartas a las novias… Más tarde, sesudas disquisiciones acerca del sentido de la existencia (sobre todo cuando alguna novia se iba con otro) y no menos retóricas consideraciones sobre el devenir de los asuntos en general, en especial los susceptibles de arreglar el mundo. ¿Quién no ha recorrido ese camino hacia el oficio literario? Todos somos escritores.
Tiza, pluma, bolígrafo, vulgar resto de lápiz, anciano ordenador que me miras desde la vitrina de los recuerdos (era un 286)… Tales fueron las herramientas, y la abundancia de café, alcohol y otras hierbas y esas chicas a las que llamamos «inspiraciones».
Al fin, cuando pasan los años y retorna la soledad, esa soledad que nos abandonó durante la juventud, un buen día te ves reflejado en un escaparate y piensas, podría escribir algo… ¡Sí!, podría escribir algo en serio…
Yo me puse a la tarea a mediados de los años noventa del pasado siglo, y lo primero que parí, tras doce meses de ímprobos esfuerzos, frecuentes tientos a las sustancias que cité e innumerables vueltas adelante y atrás, fue un refrito de cosas anteriores (algunas muy anteriores) al que endosé el circunstancial nombre de Viaje al verano.
Tenía 240 páginas, que entonces me parecieron muchísimas, y contaba (y sigue contando) la historia de una noche de San Juan. ¡Qué orgulloso estaba yo de mi libro!, y durante mucho tiempo mi principal preocupación fue que no se borrara debido a algún accidente inverosímil.
Tras un intento fallido de repetir la operación (es decir, organizar un nuevo refrito con las sobras), me dije, ¿y ahora qué? Se han ido tus amigos, Mariquita, el tío Pepe, Emilio el pasta, los piratas de las gafas de sol… Todos se fueron, allá se quedaron, en las páginas de un libro que se cerró: es preciso abrir otro.
Mi segunda novela (según una idea feliz que tuve uno de aquellos días en que no sabía escribir novelas) iba a tratar de la sicodélica odisea de un astronauta que se queda colgado en una órbita solar, no más de 200 páginas, y a ello me puse con todo ahínco, tarea que me entretuvo algo más de dos años. Al final tenía 900, y el astronauta sólo aparecía hacia la mitad y como un personaje secundario. ¡Eduguá, la negra y el cachalote!, inconfundibles seres de una fábula moderna y larguísima, coparon todo el espacio dedicado a expresarme, y todos hablaron en primera persona…
Con la tercera me volvió a suceder lo mismo (¡qué tiempos aquellos!), y es que una vez que hubimos sobrepasado el siglo y el milenio, una vez que hube acabado la redacción de aquel cuento ingente al que llamé Europa barroca, de nuevo me dije, y ahora, ¿qué?
Entonces nació Crucita y yo, lo que había de ser una novela costumbrista, galdosiana (por decirlo así), una novela cruda y muy actual. Aparecía una chica que desde el mismo limbo de los años sesenta conseguía asentarse en este planeta, y en sus más altas esferas… Baldío intento, como los anteriores. El resultado fue un monumental relato de 700 páginas, que, eso sí, conservó (y sigue conservando) el mismo título, y como era muy largo lo partí en dos, y de allí nacieron La efímera vida de Nastasia, polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven y Crucita y yo.
¡Pues no hemos dicho nada…! Estamos hablando de 1800 páginas de texto, a razón de 350 (por término medio) palabras por página. En definitiva, una locura.
Aquello lo acabé mediado el 2003 (tengo motivos para recordarlo), pero antes de llevarlo a su término ya sabía cómo iba a continuar mi existencia: con la narración de la vida de un personaje tan peculiar como Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario. Desde entonces…, aquí me tienen ustedes, intentado dar fin a la vida de este personaje inacabable, personaje que vivió alguno más de trescientos años…
Pero no se den por convencidos, pues mientras Juan Evangelista campa a sus anchas por la superficie del Universo Mundo (que él dice), puesto que las novelas nunca se escriben de un tirón, aún he tenido tiempo para concluir los Animales y otros fenómenos eléctricos, aquella narración que intenté infructuosamente llevar a buen puerto tras el Viaje al verano y tuve que dejar bailando debido a mis limitaciones. ¡Cinco o seis años después!
Aunque lo que digo tampoco es todo ni lo último que sucedió. ¿Quieren creerse que durante el verano de 2005, debido a la colisión con una nube de cervezas y otras sustancias, me saqué de la manga lo que al final iba a conocerse como Las estaciones? Pues créanselo, y si no, peor para quien esto lee.
* * *
Aquí me tienen. Nos contempla Juan Evangelista y sus trescientos años (Edad de las tinieblas, Siglo de las luces y lo que está por llegar, que no será parvo) pidiendo paso. También Hannah la marciana y los mutantes de Cita en la llanura (un western futurista) descontentos de su suerte, y yo mismo –o mi otro yo–, que desde el lado contrario del espejo me grita, «la labor comercial, la labor comercial…».
* * *
Nunca oí tanta música…
(ni mejor música, a lo que muchos contribuyeron, aunque citaré tan sólo al gran amigo de todas las personas, Johann Sebastian Bach)
… como durante los años que ha durado esta etapa de escritor, y a ello estoy agradecido. El imbuirte de músicas reestructura la cabeza de una forma que resulta muy difícil de explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez, aunque, eso sí, hay que ser muy constante y porfiado. Es media vida, o una vida entera.
Saludos de Camargo Rain.
* * *
Nota final: lo anterior lo escribí para un blog, probablemente hacia el principio de 2006, es decir, hace ya cinco años. Por pura casualidad lo he encontrado en donde menos lo esperaba, y aunque durante estos cinco años han sucedido muchas cosas (literarias y de las otras), no me ha parecido mal traerlo de nuevo a colación por si alguien se siente retratado o deriva en enseñanza para quienes quieran tomar nota. De paso os dejo un par de enlaces que os llevan a explicaciones de parecido tenor:
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viernes 5 de noviembre de 2010
Poema de tu prima
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Ejemplo de inicio de un cuento
Trucos diversos sobre el arte literario; capítulo 3
Aparición del hada madrina, o también, poema de tu prima.
Personajes: tú, tu tía y el hada que desciende del cielo (o sea, tu prima).
Situación: resulta que, aprovechando que pasabas por allí, entras en casa de tu tía –en plan visita–, y mientras estás con ella diciendo esas cosas que se dicen siempre, hace inesperada aparición tu prima, a la que hace un año que no veías porque está estudiando fuera... (Véase la foto).
-
Lo que sigue, es decir, el cuento, lo dejo a la fantasía de cada cual. Yo creo que hay tantas maneras de continuarlo como personas que escriben pueblan este planeta, que no son pocas.
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lunes 4 de octubre de 2010
Fotógrafo de bodas y otros sucesos
El personaje (ficticio, por supuesto) de Camargo Rain, aporreador de teclados (el del piano y este del ordenador), así como escritor de novelas y cuentos chinos y cuya nulidad literaria ha quedado de sobra evidenciadas en este y otros blogs, no es baraja de un solo palo, sino que al modo del doctor Jekyll y míster Hyde presenta varias vertientes. Por ejemplo, la de fotógrafo.
Pues sí, que ese ha sido uno de sus principales oficios y para el cual utiliza el nombre (asimismo ficticio) de Ramón López-Alonso. Y dado que Camargo Rain, o sea, Ramón López-Alonso, tiene galería fotográfica en internet y muestras sin fin, os dejo aquí el enlace, que es seguro que interesará a aquellos a los que les gusta la fotografía, que son abundantes en este planeta nuestro. La dirección de marras es:
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