martes, 18 de noviembre de 2014

El canal de Castilla visto por un caminante



Aquí se describe el recorrido que, caminando, he hecho durante algo más de una semana de agosto de 2014: de Alar del Rey a Paredes de Nava, y luego el tramo que va desde El Serrón hasta Palencia. Son casi doscientos kilómetros, pues a los propios del camino que va junto al canal, hay que sumar los que haces cuando te acercas a los pueblos que te van saliendo al paso, que son bastantes.

Lo que se puede ver son fotos en su mayor parte, aunque hay un mapa y alguna recomendación para quienes se sientan tentados de iniciar el camino, que, por cierto, es muy bonito, solitario (o sea, sin coches) y totalmente llano, como es de esperar si se camina junto a una vía de agua.


La dirección es esta:
https://docs.google.com/presentation/d/1eVkXZLdJBtJgcSuY00iC3YuXXBVKW_tYbiVhjAJSVqM/


Y como colofón acerca de este mismo asunto, también se puede ver esto:

http://youtu.be/BI7_v7TKZWI

viernes, 10 de octubre de 2014

Los bosques de la cordillera cantábrica



Esta cordillera, que paralela al mar Cantábrico recorre la costa norte española, está literalmente cubierta de bosques (haciendo salvedad de algunas barbaridades modernas que en su seno se han llevado a cabo). Las especies principales son de hoja caduca, robles, hayas y castaños, árboles todos ellos que cambian su color y aspecto en función de las estaciones: verdes y frondosos en verano, amarillos y rojos durante el otoño, y desnudos y apagados en invierno y buena parte de la primavera, hasta que, con la desaparición de los fríos, retornan los brotes que de nuevo los cubrirán de hojas y frutos.
Las mayores y más importantes zonas boscosas están en Cantabria (la enorme Reserva Nacional del Saja) y Asturias (casi toda la provincia, pero en especial la parte de Somiedo), y vale la pena acercarse a ellas para contemplar el bosque de los cuentos infantiles (tapizado de riachuelos, musgos, helechos...) en todo su esplendor, algo sin paralelo en nuestro país.






miércoles, 10 de septiembre de 2014

Los Picos de Europa en Liébana



La antigua comarca de La Liébana, en la parte suroeste de la provincia de Santander, es famosa por sus montañas, el quebradísimo macizo oriental de los Picos de Europa, del que aquí debajo pongo varias fotos para que se vea que es rigurosamente cierto cuanto de él se dice (en cuanto a su altura y fragosidad).




domingo, 10 de agosto de 2014

Retratos a la media vuelta


Vivimos en un mundo en el que cabe todo, y si uno se molesta en llevar una cámara encima (hoy en día esto no tiene ningún mérito pues todo el mundo carga con el aparatito mágico, que puede hacer cualquier cosa, no digamos ya fotografías), ir haciendo fotos de lo que ve (y no sólo de uno mismo y sus amigos poniendo caras raras, que es lo usual), y luego pasarlas por el photoshop para darles el aspecto que a cada cual mejor convenga, el resultado podría ser este: retratos hechos en la calle de sucesos más que cotidianos. Aquí debajo se ve: niño muy bien vestido sentado encima de un montón de mierda; chaval cubriéndose del ataque desenfrenado de la cámara; post-hippie y, por último, escena en un hospital.




 



Quizás a alguien le interese ver esta presentación, en la que se amplía la información anterior:


jueves, 10 de julio de 2014

La comarca de Trasmiera



En la esquina nordeste de la provincia de Santander, entre la bahía de esta ciudad y la ría de Oriñón, se encuentra la renombrada región a la que desde muy antiguo (quizá desde el siglo VIII o IX) se conoce como Trasmiera, nombre que equivale a más allá del Miera, río que la delimita por el oeste, según se puede observar en el mapa adjunto.
Es esta una demarcación de verdes y húmedos campos, buena productora de hortalizas (pimientos, alubias) y antaño sede de las mejores ganaderías de vacas frisonas que hubo en este país, cuyos ejemplares ganaban todos los concursos que se celebraban en lo que durante años fueron Ferias del campo, acontecimientos que tenían lugar en Madrid.
Hoy no queda ni traza de aquello, pues nuestra entrada en la Comunidad Europea trajo numerosos quebrantos, como el capricho de franceses y otros europeos de quedarse en exclusiva con el negocio de la leche, pero subsisten el paisaje y las glorias pasadas, y se me ha ocurrido ilustrarlo con unas cuantas fotos que van aquí debajo.
Quien tenga ocasión de visitarlo comprobará que no ha perdido el tiempo, por lo bonito que es, aunque pocas vacas va a encontrar...





martes, 10 de junio de 2014

El viaje del morisco, entrega 1







Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad...? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, y como de él aún no he colocado nada en internet, para remediar semejante olvido pongo hoy este trozo que sucede en 1601, primer año del siglo XVII, cuando el protagonista del relato (uno de ellos, Juan de Cádiz, morisco converso) sale de la cárcel de la Inquisición en Sanlúcar de Barrameda y es llevado a una fiesta para celebrarlo.

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Una de aquellas mañanas, cuando llevaba cerca de un mes en mi encierro, se presentaron dos alguaciles precedidos por el carcelero, quien me dijo,
–Prepárese su merced, que le esperan.
 Entre aquellos dos individuos barbados, consumidos y vestidos de negro, descendí un tramo de escaleras y recorrí las galerías altas, a modo de claustro, por las que me condujeron. El edificio había sido seguramente en tiempos convento, pero a la sazón se adivinaba la incuria de sus poseedores, pues por todas partes se advertían desconchones, agujeros en las cubiertas y suelos malamente parcheados. En el extremo del corredor había una puerta de marco historiado, y en ella golpearon. Uno de ellos entró, y en seguida salió y dijo,
–Pase.
Crucé la cancela preguntándome a qué me enfrentaba, y me encontré en el extremo de una enorme, larga y desnuda habitación, cuyas paredes estaban ocultas por cortinajes rojizos, seguramente para enmascarar su mal estado. Al fondo había una gran mesa sobre un estrado, y a su alrededor varias sillas y sillones, algunos tapizados con terciopelo oscuro. En ellas se sentaban dos personas, que levantaron la cabeza cuando me vieron.
 –Pase, pase por aquí, señor don Juan, y no se apure, que aquí no nos comemos a nadie –dijo uno de ellos con voz melosa, un obeso individuo que al parecer era quien llevaba la voz cantante.
Mientras avanzaba sobre la raída alfombra vi un enorme Cristo crucificado que desde un pedestal presidía la habitación y parecía seguirme con la mirada, y cuando estuve ante la mesa, encogido, como es de rigor, observé que el prelado, pues tal parecía por su indumentaria y la teja con que se cubría, era aún más grueso de lo que parecía desde el extremo opuesto de la habitación. Usaba anteojos, se cubría con una sobrepelliz y, por su luengo narigón, se le adivinaba procedencia judía, un converso elevado a la judicatura en el absurdo y nunca estipulado devenir de los negocios mundanos. Del otro, asimismo revestido de ropas talares, sólo podría decir que, quizá debido al frío, se cubría con un ridículo gorro que me recordó a los que usaba Fátima para dormir.
Ante la mesa había dos reclinatorios, y el procurador, tras contemplarme largamente, se levantó de su asiento con dificultad y ocupó uno de ellos.
–¿Sabe su merced rezar?
–Sí, señor.
–Pues bien, arrodíllese conmigo, humillemos nuestra cerviz ante el Señor y oremos.
Yo me apresuré a acompañarle, y durante un momento rezamos pidiendo perdón a Dios por nuestros muchos pecados, a lo que procuré contestar con tino..., pero pasaré por alto semejante ceremonia pues me resultó hipócrita hasta el extremo, dado que una de las alusiones más invocadas fue a la gula.
Tras aquella pausa, él, renqueante, ocupó de nuevo su sitial.
–Siéntese.
(Has sabido capear los temporales del mundo –pensé mientras lo hacía–, analfabeto dedicado a husmear en los entresijos de las personas, difícil tarea, pues hay que manejar los hilos de muchos espías. A unos los pagas y a otros no, y nunca sabes quiénes son los que te engañan, tienes que adivinarlo, pero vosotros lo conseguís, rara destreza producida por hartos años de experiencia) –aunque me libré muy bien de abrir la boca.
El personaje principal extendió un grueso cartapacio sobre la mesa y hojeó algunas páginas, y con el rabillo del ojo observé que el escribano me contemplaba con una sonrisilla maligna pintada en el rostro.
–Tenemos los mejores informes sobre su merced –principió el prelado–, pero precisamos detalles que sólo quien tiene trato con el acusado puede conocer.
Yo asentí con premura.
–Señor Juan de Cádiz –me preguntó–, ¿cuál era su nombre anterior?
–Abenasar.
Aquel individuo, togado por su arrimo a los poderosos, me contempló despacio.
–¿Sigue usándolo?
–No; su excelencia debe saberlo.
Hubo un nuevo pasar de páginas, y al fin, observándome agudamente, preguntó,
–¿Sabe su merced que la madre de su criado Sebastián fue condenada a la hoguera por bruja?
Yo negué con la cabeza y el prelado extrajo varios folios del expediente.
–Aquí constan los datos. En el año de..., y en la ciudad de Salamanca..., habiendo encontrado sonajas hechas con huesos de muertos en poder de la encausada... ¿Cuánto tiempo hace que le conoce?
–Diez o más años.
–¿Sabe su merced a qué se dedicaba antes?
–Tengo entendido que administraba rentas de un noble de Sevilla.
–¿Y antes?
–No lo sé.
De parecido tenor, e incluso con más intrincados y confusos términos continuó aquella conversación durante buena parte de la mañana, mientras el escribano, notario de secreto, tocado con su ridículo gorro de dormir y desde el otro extremo de la mesa anotaba cuanto decíamos..., pero no haré aquí mención de ello pues no se dijo nada de sustancia y lo he olvidado por completo. Poco me interesan los circunloquios y ambigüedades de quienes sacan provecho de la vana retórica, asignatura muy en boga en nuestros días y de la que nos libre el diablo, y así finalizaré con una sucinta relación de lo último que recuerdo, como fue el declamar con horrísona voz la Relación de los Autos, discurso a que se sintió obligado el procurador fiscal, pues en ello se cifraba su sueldo, y del que aún conservo retazos: Nos, los inquisidores..., fiel y diligentemente y con todo secreto, cuidado y solicitud, damos en decir que haréis y cumpliréis lo que por Nos será encomendado...


Poco más hube de esperar en mi encierro, pues dos días después, con la caída de la tarde, preludiado por ruidos que no eran habituales a aquellas horas, se abrió la puerta y pude ver cómo don Joaquín, a quien en permanente reverencia seguía Mocejón, penetraba en la habitación y dedicaba un momento a contemplarla.
–De forma que es en este lugar donde le han tenido preso... –dijo al fin mirándome–. Bien, bien...
Yo le observé preguntándome si no sería aquel espectro parte del sueño.
–Pero ¿qué ha hecho usted, hombre de Dios? No se imagina la cantidad de vueltas que he tenido que dar para abrir esta puerta... –y como continuara contemplándole atónito, exclamó,
–¿A qué espera? ¿Cree que he venido para departir con su merced...? No, está usted libre, y espero que sea por bastante tiempo.
Mocejón, cejijunto, con un papel en la mano agachó la cabeza, que era su forma de asentir, y yo me apresuré a doblar los pliegos que había sobre la mesa, todo cuanto había escrito y dibujado durante aquellas semanas, hacer un rollo con ellos y embutírmelo bajo la camisa.
–Sentiré dejar de ver a su eminencia en esta su casa –dije con intención–, pero las circunstancias obligan. Cuídese, mi amigo, y no olvide que estoy libre –y tras una estudiada reverencia emprendí el camino tras don Joaquín, que abría la marcha.
Descendí las escaleras a grandes zancadas, pues mi urgencia por salir a la calle era grande, y cuando traspuse el principal portón de aquel antiguo y ruinoso edificio, ya sobre la calzada, respiré con todas mis fuerzas. En seguida llegó a mi lado don Joaquín, que se reía.
–Buenas me las ha hecho su merced pasar... ¿Cómo es posible que se haya dejado manchar por semejante albur?
–Su señoría lo sabrá, que lo sabe todo.
–Sí, y dé gracias a que tengo muchos amigos... Hay que tener amigos en todas partes, entérese, incluso en el infierno; o sobre todo, en el infierno. ¿Qué tal le han tratado?
–Ya su merced lo ha visto, don Joaquín. El alcaide, ese tosco individuo, comía en mi mano, actitud de la que no me cabe duda que ha sido alimentada por los dineros que le han llegado de donde no imaginaba. ¿Sabe su merced algo de esto? –y don Joaquín se rió.
–¿No iba a saberlo? Hace casi un mes que conferencio con su mujer. Tiene usted suerte de tener esa joya en casa..., pero, en fin, esto ha acabado, y ahora querrá su merced ver mundo tras este retiro...
En la calle había gente armada a caballo y una carroza con cuatro mulas.
–Su merced primero –y yo subí.
–Se lo agradezco.
–No me agradezca nada que tenemos muchos asuntos pendientes –y sacando la cabeza por la ventana del coche gritó,
–¡Vámonos de aquí!
En nada paré mientes cuando, por ruidosos caminos carreteros, nos encaminamos a Dios sabría dónde.
–¿Adónde vamos?
–No tema nada vuesa merced, que no le sorprenderá lo que encuentre –y cuando el chirriar de los ejes y el vino de la bota que don Joaquín me alargó me devolvieron a la vida anterior, una idea llegó a mi cabeza.
–¿Dónde está Sebastián? –y don Joaquín me miró sin mover un músculo.
–No he conseguido que le suelten, pues me han dicho que sobre él pesan cargos importantes. Pero ahora que está usted libre, podrá ocuparse de ello.
Al fin, tras una hora de traqueteo, accedimos a algún suburbio, pues el sonido de las ruedas del carro en el escaso empedrado así lo denunciaba.
–Ya estamos.
De aquella fachada oscura surgieron tres seres que al pronto no reconocí, del embozo que llevaban. Uno de ellos era Esteban, y al verle, sobresaltado le pregunté,
–¿Y en casa...?
–Todo bien, señor.
–Bueno, luego hablaremos de eso –y de allí dejé que Bartolomé y Pedro Salinas me abrazaran.
–¿No te lo decía yo? –voceó el primero–. ¡Esto iba a acabar bien...!
–Sí, pero no con tus métodos.
Entramos en la casa precedidos por don Joaquín, a quien el mayordomo que nos recibió hizo sumas reverencias, y de allí nos hicieron subir al piso superior, en el que había mucha gente y mucho ruido, lámparas encendidas en todos los rincones, música y un tufillo que no supe a qué atribuir.
–Vamos a cenar algo bueno –dijo don Joaquín, y en una de las habitaciones, cuyas paredes se presentaban decoradas con jeroglíficos de los libros sagrados, nos instalamos alrededor de una mesa baja.
Allí se celebraba una fiesta, que no otra cosa se podía deducir del tumulto y las carcajadas que nos llegaban desde los aposentos vecinos, y varios criados nos sirvieron como a invitados preferentes. Trajeron cordero, pasteles de verdura, panecillos recién horneados, de lo que comimos con ganas y buen humor, aunque a mí me parecía habitar en una nube..., y para finalizar unas tortas de almendras a las que llamaron quebrantahuesos. ¡Ay!, que aquello me llevó de vuelta a mis tiempos anteriores, pues en cuanto intenté probarlas supe cuál era la causa de los males que durante tanto tiempo me habían aquejado, aquello de la dentadura que me traía a mal traer y con el barbero había consultado, puesto que en la prisión no se estilaban tales finezas y me había olvidado de ello por completo.
–¡Diablos...!
–¿Qué sucede? –y yo me reí y aparté lejos el plato que tenía ante mí.
–Nada que su merced pueda entender, señor Bartolomé, que mejor es la nalga de puerco que estas porquerías destructoras de dientes y muelas. Todo sea... –y me contuve y concluí– por la salud.
Cuando acabamos don Joaquín dijo,
–Quizá sea el momento de unirse a la fiesta, pues tengo que saludar a algunos conocidos. ¿Me acompañan?
En la gran habitación vecina, que por varios pórticos se abría a los aires de la oscura noche, el tumulto era extraordinario. Aquí y allá se observaban grupos sedentes de personas mayores, unos gordos, otros flacos, extranjeros, berberiscos, nacionales..., los de allá vestidos a la morisca y los de acá a la castellana, pero todos riendo, hablando animadamente, cuando no gritando, y empinando sin sosiego vasos y copas. Una densa humareda impedía ver con claridad lo que sucedía en el fondo de la sala, y algunos chicos y chicas, ligeros de ropa, iban y venían entre las mesas llevando y retirando platos y fuentes.
Nos acomodaron en una mesa esquinera y al punto nos trajeron dulces, velones, copas y botellas. Don Joaquín se excusó y se dirigió al lugar que ocupaba uno de los grupos, en donde se sentó, y de inmediato colocaron sobre nuestra mesa un narguile.
–Un día es un día –dijo Bartolomé brindándome la boquilla–, y aunque sé que su merced no es partidario de semejantes expansiones, creo que las circunstancias son tan excepcionales que no me rechazará este placer.
Yo dudé, pero ¡qué diablos!, las palabras de mi amigo me convencieron y me dije, ¿por qué no?, tras estos días de retiro no me vendrá mal sobrepasar las puertas del Paraíso, o intentarlo, y que sea lo que Dios quiera.
Tomé lo que me ofrecía, que desde mis años jóvenes no había vuelto a probar, y aspiré hondamente los vapores del cáñamo, tan alejados de los que procuraban aquellos chicotes que venían de Las Indias y todo el mundo utilizaba con fruición.
Fumamos, y en seguida comencé a sentir los efectos que recordaba. No me extrañó el griterío que, confundido con la música, llenaba la gran estancia, ni el humo que en volutas sin fin subía hacia los adornados techos, ni los ojos enrojecidos de nuestros vecinos, algunos con el curvo puñal en la cintura, y la sonrisa, quizás estúpida, entre los dientes...
Pronto, como digo, comencé a tener visiones... ¿Eran aquellas visiones, o lo fueron las de días anteriores? Por mi desacostumbrada percepción atropelladamente penetraban los gritos, las músicas, las sonrisas, las palabras, los hedores de la multitud, las chicas que entre los asistentes bailaban y daban saltos desacompasados..., personas de desencajadas faces en las mesas de alrededor y risas de borrachos...
Aún hube de ver más desde el mullido asiento, como los tragafuegos que luego hicieron aparición, las beldades que raudas desfilaron provocando a los presentes con la miel que portaban en labios y manos, y el recitador que con el laúd en la espalda requirió silencio para declamar,  

... que no hay cazuela,
relleno ni jigote,
 inglesas tortas ni pastel en bote,
mondongo, manjar blanco, almondiguillas,
chorizos, salchichones y morcillas
y otros compuestos de invenciones varias,
que no te ofrezcan ni te rindan parias.

Aquello fue muy aplaudido y coreado, y cuando cesó la algarabía que produjo, y las conversaciones y las risas volvieron a generalizarse, Pedro Salinas, que a mi lado se encontraba con los ojos como tizones, con la voz enturbiada por el vino exclamó,
–¡Parias...! Beneficios, ventajas, sinecuras..., qué lejos estáis de mí... Bartolomé, Juan..., cofrades míos, paréceme mentira que figuremos al lado de quienes nos rodean, personas serias, ¡quién lo diría!, mientras la peste negra se aproxima emboscada y con luengos pasos desde el más distante extremo del Mediterráneo.
–Aún no hay casos declarados en estas ciudades –dijo Bartolomé–, y no parece el momento de tratar según qué cuestiones.
Pedro bajó la voz.
–He oído que en Nápoles, Malta..., y en puntos más cercanos, como Denia o Vinaroz, se han instalado cordones sanitarios. En esta última ciudad se han regado con vinagre las calles, y el puerto ha sido cerrado con pesadas cadenas a las naves extranjeras. Y qué decir de Castilla, en donde el morbo ha entrado por la costa norte y hace estragos...
Unas muchachas que zascandileaban entre las mesas se acercaron a la nuestra y nos regaron con pétalos de flores que llevaban en cestillos.
–¡Alegría!, ¡vive Dios...! –casi gritó Bartolomé derrumbándose en su asiento, ya que él había sido el máximo beneficiado de tal agasajo, y obedeciendo a ello una imagen olvidada se pintó repentina en mi cabeza, pues a su interior, aportada por la celestial aparición de las chicas entre aquel corro de demonios vociferantes, llegó la de Inés, ser angelical cuyo recuerdo había casi arrinconado durante los largos días de mi cautiverio...
La impresión fue tal que los rubores acudieron repentinamente a mi cara y creí que las entrañas me ardían, lo que sin duda se vio favorecido por los humos del éxtasis. Allí, inmerso en el mayúsculo tumulto que alrededor de nosotros se cernía, entre parpadeantes luces, clamores y perfumadas nubes de inciensos y otras sustancias, con sorpresa entreví de nuevo su cara como si nunca la hubiera visto y no hube sino de pensar, ¿qué me sucede...?, esto es nuevo, a mi edad..., porque no recordaba haber experimentado jamás agitación parecida.
Tosí y carraspeé estruendosamente para disimular la emoción que súbita me asaltaba, y con alivio observé que mis compañeros, ajenos a mis inesperadas cuitas, se entretenían en jalear, acompañando a la multitud, a las huríes que el dueño de la casa había dispuesto para contemplación de los invitados...

sábado, 10 de mayo de 2014

Españoles en su salsa, 1


No cabe duda de que España es un país de contrastes, y no sólo en lo paisajístico, sino también en el elemento humano que lo puebla. He aquí tres ejemplos de lo que digo, españoles en su salsa: 1) Señoritos andaluces en la sevillana Feria de Abril; 2) Penitentes en una procesión de Semana Santa, y 3), comiendo fabada, que a juzgar por las expresiones de los comensales, debía de estar muy buena (claro, que con el correr del vino...).
 




A este respecto puede verse el siguiente enlace, en donde se amplía esta información:


jueves, 10 de abril de 2014

A propósito de los garbanzos

Hoy voy a hablar de los garbanzos, legumbre típicamente española y que tanto juego ha dado durante la historia.
El garbanzo es el Cícer arietinum, planta rastrera y propia de Castilla, Zamora, Salamanca...
Algunos escritores extranjeros que viajaron por este país en siglos anteriores, como Alejandro Dumas, los encontraron muy duros..., pero no hay que hacerles caso.

Para cocer en condiciones esta legumbre es preciso hacer uso del bicarbonato. Se añade media cucharadita al agua del remojo, y luego se hacen en la olla a presión (una vez bien espumados, pues se observará que cuando comienzan a cocer aparece muchísima sobre el agua..., pero no hay problema, pues se quita con una espumadera) durante 20 minutos (si son buenos), o media hora si no lo son tanto. Si se hacen en cazuela, como sucede con los garbanzos con acelgas, hay que tenerlos de dos horas y media a tres.

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Potaje de garbanzos con acelgas
Esta forma de cocinar garbanzos es la más adecuada si por razones de edad –o de cualquier otra clase– se quiere que el guiso no tenga grasa. A los niños, cosa rara, les gusta.
Medio kilo de garbanzos remojados con bicarbonato, bastantes acelgas picadas, cebolla, ajo, zanahoria, nabo, patata, salsa de tomate y aceite de oliva.
En una cazuela se ponen a cocer los garbanzos con el agua del remojo, y cuando hierven se espuma. Una vez establecido el hervor se añaden zanahorias en discos, nabos en trozos, una cebolla y varios dientes de ajo, todo picado; muchas acelgas (todo, lo blanco y lo verde) picadas, un buen chorro de aceite de oliva y dos o tres cucharadas de salsa de tomate.
Cuando llevan dos horas cociendo a fuego lento –con la cazuela tapada y que se vea que aquello tiene bastante agua–, se añade una patata entera y se deja otra hora. Al cabo de tres horas debe estar hecho perfectamente, lo que se nota en que los garbanzos siguen enteros pero resultan como mantequilla. A continuación se deja reposar hasta el día siguiente, en que se recalienta (a fuego lento para que no se agarre, aunque como queda con bastante caldo no se suele agarrar) y se come.
Estos garbanzos, una vez hechos, están buenísimos si se mezclan con un poco de purrusalda hecha aparte.

Potaje de garbanzos con espinacas y bacalao
Igual que el anterior pero sin tanta historia de verdura, y media hora de antes de acabar se le añaden unos hilos de bacalao. Algunos dicen que muchos –y que algún trozo entero no le va mal–, pero otros dicen que muy pocos (hilos), que casi no se note.

Garbanzos con calamares (u otros pescados)
Se hacen unos calamares en tinta como se dice en su receta; véase este enlace.
En la olla a presión se hacen garbanzos con mucha agua (para que haga caldo) y una cebolla, ajos y un puerro, todo muy picado. Además se añaden unas zanahorias enteras y unas patatas, y algo de nabo si se tiene; también una hoja de laurel y un poco de aceite de oliva. Deben quedar blandos pero enteros, luego si los garbanzos son buenos y se hacen con bicarbonato, con 15 o 20 minutos tienen de sobra.
Se separa la verdura, pues para la mezcla final sólo se echan los garbanzos que se necesiten, caldo de ellos y una zanahoria cortada en rodajas. El resto se aprovecha para otras cosas, pues quedará más zanahoria, patata, nabo, caldo y garbanzos, con lo que se puede hacer un potaje superior.
Se mezclan ambas preparaciones al recalentarlo para comer. Quedan mejor si los calamares tienen mucha tinta y está la salsa bastante espesa.
Esto pasa por ser típico de Asturias, aunque en Cádiz y otros lugares hacen lo mismo; o si no lo mismo, algo muy parecido.

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Cocido madrileño
Se pone medio kilo de garbanzos en remojo con media cucharadita de bicarbonato durante ocho horas. (Medio kilo dan para una comida de cinco o seis personas, luego actúe en consecuencia).
El día anterior a comer el cocido se hace lo siguiente:
Se cuece en olla exprés ultrarrápida, con más de un litro de agua y durante una hora, medio kilo de morcillo de vaca, un cuarto (muslo y pata) de gallina, un hueso de vaca, otro de jamón muy viejo y salado y una punta grande de jamón. Una mano de cerdo amarrada le da un toque buenísimo, y no digamos unos trozos de rabo de vacuno o cualquier otra carne por la que se tenga capricho.
Cuando pase la hora se deja escapar el vapor, y el contenido de la olla –el caldo y las carnes– se echa en un recipiente. El hueso se tira, aunque si es de buena calidad sirve para comerse el tuétano (colesterol puro) untado en pan.
En la olla vacía, a continuación, se echan los garbanzos (con el agua del remojo, que deberá ser bastante para que aquello quede con caldo, y si no, se añade más) y se pone a cocer destapada. Cuando hierve se espuma completamente, conseguido lo cual se añade una cebolla y varios dientes de ajos (todo picado), un par de zanahorias y un nabo (pelados y enteros). Se tapa, se tienen en la olla durante veinticinco minutos (si los garbanzos son muy buenos, durante veinte), se abre y se deja enfriar.
Mientras se hacen todas estas cosas, con bastante agua y en una cazuela se pone a cocer repollo picado (cantidad a voluntad), un par de patatas medianas peladas y enteras, una morcilla (la mejor es la asturiana) y dos chorizos de los buenos, y cuando todo ello lleve cociendo tres cuartos de hora, un trozo grande de calabaza pelado. Se tiene un cuarto de hora más, y si el repollo está cocido se destapa y se deja enfriar. También deberá quedar con bastante líquido, puesto que es el tercer caldo.
Se deja que se enfríen estas tres preparaciones y, una vez frías, se meten en la nevera para que reposen durante toda la noche.



A la mañana siguiente se recuperan los tres recipientes de la nevera y se desgrasa el caldo de la carne con una cuchara (los otros no). Toda la grasa estará arriba, formando una capa en la superficie, de forma que se quita muy fácilmente (y a continuación se tira, como ya se ha dicho). Luego se limpia la gallina de pieles y huesos y se guarda la carne en trozos lo más grandes posibles.
En una cazuela grande se echan dos cacillos de caldo (o más, eso ya se ve) de cada una de las preparaciones (caldo de la carne, de los garbanzos y del repollo), de forma que haya bastante líquido. A ello se añaden tantos cacillos de garbanzos como comensales, y trozos de carne y demás tropiezos carnívoros (rodaja de chorizo, de morcilla, trozo de jamón, de gallina limpia, etc.) en cantidad similar. Todo ello se calienta, y cuando hierva se baja el fuego al mínimo y se siguen añadiendo trozos, uno por comensal, de la verdura que se haya hecho, zanahoria, nabo, calabaza, patata, etc. En fin, lo que se tenga.
En una sartén, aparte, se rehoga, con bastante ajo y algo de pimentón, el repollo que vaya a usar.
Se deja que se acabe de calentar a fuego mínimo y llega el momento de servirlo.
Cada comensal debe tener ante sí un plato y, encima, un cuenco, aparte cuchara, cuchillo y tenedor. Los cuencos se llenan con el cacillo de caldo hirviente, y se añade en cada uno unos cuantos garbanzos y unos hilos de carne, lo que constituye el primer plato, caldo de cocido, pero caldo de cocido de verdad, no como ese que se ve en tantos sitios.
Una vez tomado el caldo se apartan los cuencos, y en cada plato, con la espumadera para que aquello esté bien escurrido, se colocan suficientes garbanzos humeantes, y alrededor y artísticamente un trozo de carne, un poco de gallina, una rodaja de chorizo, otra de morcilla, un trozo de patata, zanahoria, calabaza y nabo, un poco de «bola», etc., lo que se tenga en la cazuela. Y en el borde del plato, algo de repollo rehogado y escurrido. ¡Que aproveche!
También pueden colocarse los garbanzos secos, es decir, sin caldo –aunque humeantes–, en pirámide en una fuente, y alrededor de ellos las carnes en trozos: la vaca, la gallina, el jamón y el chorizo..., amén de las patatas, zanahorias y nabo, todo artísticamente dispuesto y bien limpio de huesos y pieles. Esta forma de servirlo es más fina, pero tiene el inconveniente de que mientras se toma el caldo se enfría lo que hay en la fuente, y el cocido debe tomarse muy caliente.

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Otros cocidos (lebaniego, maragato, gitano, gallego o de cura)

Cocido lebaniego
Es como el madrileño, pero con garbanzo legítimo de Liébana y cecina de cabra, aparte de todo lo demás. Si no, no sabe a lo que tiene que saber.

Cocido maragato
Igual, pero con productos típicos de la Maragatería. Se come al revés, esto es: de primero natillas; luego carne, garbanzos y verduras, y por fin, de postre, la sopa.

Cocido gitano
Como el madrileño, pero la gallina debe ser robada. (Lo decía Cela en uno de sus libros).

Cocido gallego (o de cura)
Como los anteriores, pero con lacón y orejas y hocico de cerdo. En el Breviario del cocido se dice que, para servirlo, se utilizan tres fuentes. Una lleva el cerdo con la verdura; otra, la carne y la gallina, y, por último, otra con los garbanzos, los chorizos y las patatas.

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Humus
El humus es una especie de puré, o paté, que se hace, sobre todo, con garbanzos; pertenece a la cocina árabe y, aparte de ser de muy fácil confección, le gusta a todo el mundo.
Se toman los garbanzos de uno de esos botes de cristal que venden en los supermercados y vienen ya cocidos, y se lavan en un colador para quitarles todos los conservantes y demás compuestos exóticos. (Por supuesto, es mejor hacerlo con garbanzos cocidos en casa en la olla exprés según se dice más arriba).
Se echan en el vaso de la minipimer, y se añaden 3 dientes de ajo pelados y picados; algo de comino; sal y pimienta; el zumo de un limón; una cucharadita de pimentón; 2 cucharaditas de semillas de sésamo tostadas (las venden en las herboristerías) y aceite de oliva del mejor, un buen chorro o dos.
Se mete la minipimer y se convierte el contenido del vaso en una masa, masa que se come con pan, o también untada sobre trozos de tomate de un tamaño que uno se pueda meter entero en la boca.
Una alternativa es utilizar lentejas en vez de garbanzos; también queda muy bueno.

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Se pueden ver cosas por el estilo en esta dirección:

https://sites.google.com/site/lacocinaespanoladesiempre/



lunes, 10 de marzo de 2014

Mirando al mar


Mirando al mar, título de una canción que cantaba Jorge Sepúlveda allá por los años 50 del pasado siglo, y que creo recordar que Summers utilizó en su Del rosa al amarillo, no deja de ser una expresión harto sugerente y que puede traer a la cabeza sabe Dios cuántas ideas. Yo también hice uso de ella en años anteriores, con motivo de una exposición de fotos de esas que a veces surgen, y puse un montón de fotos de personas mirando al mar. Aquí debajo coloco algunas, que hay gente a la que le gustan estas cosas.


 

 



lunes, 10 de febrero de 2014

El Santander que no todos ven



Santander es una ciudad del norte de España que tiene fama de lluviosa. Nada más lejos de la realidad, pero claro, comparado con los calores de la meseta o los propios de la Andalucía...
Esta es una magnífica ciudad para hacer fotos, y bien que las hacen los turistas (y los no turistas) a todas horas con el móvil. Sin embargo, hay sitios en ella que no conoce todo el mundo, o que no los conocen como aquí se muestran.

En el enlace que va debajo he puesto unas cuantas fotos de esas que pocos sospechan, así que el quiera ilustrarse sobre un punto de vista algo diferente...



Hablando de fotos inusuales, también se puede ir a esta otra dirección:


viernes, 10 de enero de 2014

Las gemelas


Este es un trozo de una historia que he escrito últimamente (ya es la undécima o duodécima, he perdido la cuenta) y se llama «Charli en Wonderland». Es un retrato de la generación española que nació alrededor de 1950 (la generación yeyé), y en ella se cuenta la historia de dos hermanos gemelos, uno de los cuáles (Pancho) tuvo a su vez dos hijas gemelas, las gemes, y el otro (Charli) ningún hijo, sólo sobrinas, que ya lo dice el refrán: a quien Dios no da hijos, el diablo le da sobrinos... Pero esto es una broma, puesto que las niñas (al menos las que aparecen en este libro) son un encanto, y para dejar constancia de ello ahí va una de las elucubraciones de estas elementas, es decir, uno de los capítulos de tan ingente narración, que podría situarse alrededor de la mitad de los años 90 del pasado siglo. La Prudencia que aparece en las líneas que siguen, por decirlo ya todo, es la chica que cuidó de ellas mientras fueron pequeñas, puesto que no tenían madre (se murió en un accidente de coche, episodio que también se cuenta en la novela, aunque no aquí)..., pero no digo más, que con esto está todo explicado. (La foto que antecede es una de las muchísimas que Charli, que era un fotógrafo habilidoso, hizo a las niñas).

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Gemes

Yo soy Carina y mi hermana es Adriana, pero lo que voy a contar lo podría contar igualmente ella porque somos muy parecidas, somos gemelas, o mellizas, bueno, que eso no lo sabe nadie. Ahora soy Adriana, porque ya digo que da igual una cosa que otra, todo depende del color del vestido, o del cristal con que se mire, ¿quién eres?, pues soy Carina y voy a contar por las dos lo que sucedió en la boda de Prudencia, porque ella se casó, al fin, con uno que conocía desde pequeña y con el que llevaba de novia los últimos siete años, a ver si estas niñas crecen pronto, decía él, y ella le contestaba, ¿qué más te da?, si todavía no tenemos piso, pero papá les consiguió uno al lado de su pueblo, y no sé qué cambalaches hizo que les salió baratísimo, era un piso nuevo en un edificio que estaba en mitad del campo, y una tarde fuimos a verlo. ¿Os gusta este?, les preguntó, porque me parece que hay otro más grande, pero no da al sur, y ellos dijeron que sí, que querían aquel, y luego el novio de Prudencia, que se llama Serafín, dijo al jefe, no sabes lo agradecidos que estamos por lo que has hecho, no sabíamos si íbamos a tener dinero para pagarlo, pero esto ya es otra cosa, yo creo que ahora ya podemos, ¿verdad?, y Prudencia dijo, ¡jo, pues vaya regalo...!, tú ya has cumplido para lo de la boda, que si no es por ti..., y papá dijo, déjate de rollos que más me has resuelto tú, que estas niñas estaban sin madre y ese es un papel muy comprometido, hombre, tenían a Charli..., dijo ella, y todos nos reímos, ahora te casas, pero imagino que seguiréis viéndoos, hombre, eso espero, por lo menos hasta que vayan a la universidad, y luego nos fuimos a merendar a casa de los padres de Prudencia, que estaba allí al lado, adonde habíamos ido muchísimos fines de semana, desde pequeñas, cuando ella nos llevaba porque nos quedábamos solas en la casa de la plaza de La Aduana, ¡pero mira quién está aquí...!, Adriana, hija mía, y Carinita..., ¡pero qué guapísimas estáis!, y es que la madre de Prudencia es nuestra abuela, aunque no es como la de Cádiz, claro, es completamente distinta, va siempre vestida de negro y tiene los dedos deformados de trabajar la huerta, ¡ah, ya...!, pero ¿y los tomates?
Aquello sucedió cuando teníamos once años, y a nosotras nos vistió Prudencia con unos trajes de lo más historiado, como con muchos volantes, y le llevamos las arras. Charli hizo las fotos, y cuando estábamos allí, junto a los novios, con la música y todo lo demás, como él estaba detrás del cura, y no le veía, nos hacía muecas para que nos riéramos, y yo miraba a Adriana y ella miraba a otro lado, ¡jo, si es que está loco...!, y luego, en el comedor, nos pusieron cerca de la barra, junto al grifo de la cerveza, Serafín dijo, os ha tocado esta mesa, pero yo creo que es la mejor, y miró a Charli, está al lado del cañero. Mi padre todavía, pero Charli fue con vaqueros y nosotras le dijimos, ¡jo!, pero ¿tú estás mal?, ¿por qué no has traído otros pantalones?, pues porque no tengo, dijo él, y además da igual porque yo soy el fotógrafo y ya se sabe que los artistas somos muy raros, ¿tú crees que alguien se va a extrañar?, si Prudencia me conoce desde antes de que vosotras nacierais..., y además, ¿no os lo creéis?, pues vais a ver, señora madre de Prudencia, estas niñas dicen que vengo muy mal vestido, y ella se rió, ¡pero si eres el mejor de todos, qué tontería!, y nosotras nos miramos, ¿lo dices en serio?, por supuesto, hijas, tu tío es el más vistoso de los que hay por aquí cerca, ¿o no os lo parece a vosotras?, y luego le cogió por la cintura y le dijo, ¿te lo estás pasando bien?, hombre, claro, sobre todo con los langostinos, niñas, si os sobra alguno..., y la madre de Prudencia se reía y le dio a Charli en el culo, anda, anda, que no te confundan estas chavalas, y Charli nos sacó la lengua, ¿lo veis?
Luego, un día en que estábamos en casa, vi a mi padre y a mi tío juntos, estaban de pie en la cocina comiendo anchoas de un tarro y me puse con ellos, y mientras comía intenté explicarles mi punto de vista, pero volví a salir trasquilada, yo les dije, es que vosotros sois unos ordinarios..., y Charli se rió, niña, ¿dónde has aprendido esa palabra?, ¿por qué?, ¿está mal dicha?, no, qué va, está muy bien dicha, pero no se me había ocurrido que la supieras, y añadí, los padres de mis amigas van de corbata, y Charli se rió otra vez, ¿en casa?, ¡ay, no seas pesao...!, y así sucedía casi siempre, que me tomaba el pelo, pero un día él entró en casa sin que le viéramos, entró con su llave, se puso un traje de papá, uno azul oscuro, y camisa limpia y corbata de rayas, todo muy lujoso, volvió a salir y llamó al timbre. Fui a abrir y me encontré a un señor que no conocía..., ¿está don Francisco?, y yo me eché a reír, ¡aaay..., pero mira que eres tonto...!, y le cogí de la mano, entra, entra, que te tienen que ver Adriana y Prudencia, y ellas dijeron, ¡qué guaapo...!, ah, ¿nada más..?, pues sí, que te podías haber cambiado también de zapatos.
Ahora soy Adriana, y una vez que estaba con el violín en la mano Charli me dijo que tocara algo, toca algo, niña, que ya quiero oír algo serio, ¿algo de qué?, pues algo de Vivaldi, por ejemplo, ¿no sabes nada de Vivaldi?, y yo dudé, aunque al fin dije la verdad, sí, pero no tengo técnica suficiente, y Charli se rió, ¿no?, ¿tú que sabes, no tienes técnica suficiente?, ¿pues entonces cómo le llamas a lo mío?, y yo torcí el gesto, es que tú eres un aficionado..., aunque luego rectifiqué, bueno, pero tocas bien, ¿eh?, que a mí me gusta mucho escucharos cuando tocáis juntos..., sobre todo eso de Bach..., ya, el rondeau..., sí, y lo del tico tico...
Y ahora soy las dos, soy dúplice, soy Adrina y Cariana en una sola pieza, y digo que un día Charli nos dijo, venid aquí y haced lo que os diga, el tenía la cámara, a ver, ponte ahí y di a, ¿a?, sí, aaaa..., y ahora di e, eeee..., y ahora di i, y nos lo hizo a las dos, o a mí dos veces, y luego nos enseñó las fotos y en ellas aparecían Cariana y Adrina con cara de susto, ¿de susto?, bueno, y de alegría, con toda clase de caras, ¡huy, qué daño...!, ¿pues qué te pasa?, que me han pisado un pie..., y él dijo, esto son cosas antiguas, de cuando aún no habíais nacido, yo ya lo hacía entonces con otras niñas, y nosotras le miramos escamadas, ¿con otras...?, ¿con cuáles?, pues con una que tuve a mi cargo hace muchos años, era muy guapa, como vosotras, y ella me enseñó..., ¿qué te enseñó?, pues me enseñó lo que sois las niñas, imprevisibles seres de fábula que nunca dicen lo que esperas sino todo lo contrario, facultad que está al alcance de muy pocos, que yo tenía que practicar porque sabía que algún día apareceríais vosotras, ¡sí, anda...!, sí, es la verdad, y os puedo contar cosas más antiguas, ¿queréis oírlo?, sí, a ver, pues recuerdo que otra vez, cuando éramos muy pequeños, debíamos de tener ocho o nueve años, habíamos cogido el tranvía para ir a la casa de la playa, y subió una señora que llevaba pantalones, y el tranviario le dijo que ni hablar, que allí las mujeres no podían ir con pantalones, y la hizo bajarse, y eso que iba con dos niños..., ¿qué os parece?, pero es que aquellos eran otros tiempos, los tiempos del cuplé, y hablando de antigüedades, ¿a que no sabéis lo que es un coño?, y nosotras torcimos el gesto, ¿veis cómo no lo sabéis...?, pues un coño es un mechero de los que había entonces, había un modelo que llevaba una mecha de algo que parecía algodón, a aquellos también los llamaban contra viento y marea porque se encendían aunque hubiera un huracán, y otros que más que mecheros eran chisqueros, estos ya eran muy modernos porque se cargaban con gasolina, y los llamaban así porque, aunque entonces eran el último grito, todo el mundo tenía uno, y cuando alguien lo sacaba, los demás decían, ¡coño!, como el mío..., ¿y queréis que os cuente otra cosa aún más antigua? Pues esto sucedió un día que iba por el pasillo cuando debía de tener siete años, y al pasar junto a él sonó el teléfono, ese teléfono negro que todavía está ahí, y lo cogí y oí, su conferencia con San Sebastián tiene una demora de diez horas.
Ahora ya se os distingue mejor; por ejemplo, tú eres más alta, y por lo tanto, tú más baja, ¿yoooo...?, bueno, un centímetro o dos, que tampoco es demasiado, casi ni se nota, y además te puedes poner tacones para disimular, y ser baja también tiene sus virtudes porque el corazón no tiene que bombear la sangre tan arriba, pues tú eres alto, hombre, depende con quién me compares, si me comparas con Magic Johnson..., ¡anda, mía qué listo...!, y luego Charli, que siempre andaba enredando, se fue en pleno verano a los jardines del palacio de Aranjuez, que según ellos decían debía de ser un lugar maravilloso, todo lleno de fuentes y de flores y de árboles antiquísimos, a escuchar unas cantatas de la época del barroco, eran cantatas de Scarlatti, no puedo faltar, además, allí igual ligo, que va un personal muy raro, y cuando volvió le preguntamos, ¿ligaste con alguien?, pues no, había mucha gente, todos igualmente pijos y saltarines, pero macizas no vi ni una, no deben de andar por estos sitios, aunque la música estuvo muy bien..., ¡jo, y yo aquí, con los exámenes de septiembre!, bueno, pero ya te llevaré, no te preocupes, ¿cuándo?, en cuanto crezcas.

martes, 10 de diciembre de 2013

Si el centro de Santander no hubiera ardido por completo...


¿Y si el centro de Santander no hubiera ardido por completo durante una noche de viento sur huracanado de febrero de 1941?...

Me he inventado una historieta que describe lo que arriba se dice. ¿Cómo más o menos sería hoy el centro de Santander si no hubiera tenido lugar aquel incendio que lo redujo por entero a ruinas, cenizas y escombros?
Pues la plaza del Ayuntamiento, por ejemplo, en vez de ser así, que es su aspecto actual,


sería algo así.


Esta es una entrada «fantástica», aunque algo larga y pesada de meter, así que os dejo la dirección de otro de mis blogs, en donde ya está. Ahí se puede ver.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Bares al lado del mar


Es esta una coleccioncilla de fotos atractiva por dos motivos:
el primero, que se trata de bares, institución por excelencia de este país (al menos hasta que se prohibió fumar en sus interiores), pues hace las veces de casino (tertulias y juegos de cartas), sala de espectáculos (TV) y de lectura (periódicos), consulta médica y económica (pues ¿quién no habla allí de sus males?), lugar a propósito para encontrar chicas (y chicos)..., y por último, su verdadero fin, cual es de vigorizar el ánimo y acrecentar los bríos de los parroquianos con el correr del vino y otros líquidos igualmente espirituosos;
y el segundo de estos motivos, que son establecimientos que se encuentran en la misma orilla del mar, lugar que a todo el mundo gusta mucho, si vamos a juzgar por lo que en nuestras tierras sucede durante los meses de julio y agosto. Así que, que sus mercedes lo disfruten (el vino, el verano y las fotos), 





 y no olviden echar una ojeada al siguiente enlace por si encuentran algún otro asunto de su interés:


jueves, 10 de octubre de 2013

El ferrocarril Astillero-Ontaneda




Este era el tren que desde Astillero, cerca de Santander, llegaba hasta Ontaneda. Recorría parte del valle de Piélagos y luego el de Toranzo (Puente Viesgo, Corvera, Borleña...), para finalizar el trayecto en Alceda-Ontaneda, lugar a orillas de río Pas en el que existe un balneario. Pero claro, esto era antes, porque hace ya muchísimos años que desapareció (el ferrocarril), y su trazado es hoy un carril-bici, lo que constituye una buena excursión.
La foto data de 1953 y la hizo mi padre, que era un artista y muy aficionado a las locomotoras y todo lo que con ellas se relaciona.

martes, 10 de septiembre de 2013

Guía turística de España




He colocado en internet una «Guía turística de España» compuesta de fotos y dividida de acuerdo con las diversas regiones geográficas peninsulares: España verde, las mesetas, la costa mediterránea y Andalucía. (Los archipiélagos, Canarias y Baleares, se me han quedado en el tintero, pues sucede que no tengo fotos que me gusten lo suficiente como para añadirlas aquí; más adelante veremos).

He procurado poner un poco de todo (campo, mares, ciudades, calles y plazas, arte, historia, costumbres, montañas y llanuras...), y he pretendido que sea breve, es decir, que se vea rápido. Espero que su contemplación anime a más de uno (incluidos los españoles) a darse una vuelta por este múltiple y heterogéneo país, tan diferente a lo que hay por las cercanías, como corresponde a la península ibérica, que durante la historia ha sido transitada (y casi siempre codiciada) por multitud de civilizaciones, griegos, romanos, pueblos germánicos, mahometanos, etc., los cuales dejaron aquí infinidad de huellas que merecen verse.

El enlace es: