FOTOS PINTADAS
de Camargo Rain
viernes, 10 de mayo de 2013
Recetas de cocina que aparecen en mis novelas
Estas son recetas de cocina que aparecen en algunos de mis libros, pues en las novelas, en especial si son de aventuras, cabe todo.
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Sobre la vichyssoise.
Esto lo dicen Eduguá y Sandy en La aventura de las luces azules:
Eduguá:
[...] Una de aquellas noches en el Puerto de las Nieves, Louis nos enseñó a los demás a hacer vichyssoise, esa especie de sopa que dicen que inventaron los franceses y constituye el mejor depurativo de la sangre que nunca he conocido. Nos bebíamos litros. Para desayunar, después de una noche sin dormir, no hay nada que se le pueda comparar; quizá el chocolate con churros y compota de manzana, pero eso allí era difícil de conseguir. A él le había enseñado a hacerla su madre, que era francesa, y luego yo enseñé a otras personas, porque estas cosas no conviene que se pierdan. [...]
Sandy:
[...] Eduguá, además, fue quien me enseñó a hacer vichyssoise; a él le enseñó su amigo Louis, que también estaba muy bien, y a Louis, su madre, que era francesa, de la parte de Lyon. Está tirado. Se cuece en caldo puerro, cebolla y patata, todo picado, y luego se mete la batidora y se le añade leche para aclararlo. La vichyssoise está buenísima fría, sobre todo para desayunar. [...]
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Sobre la fabada:
Receta de fabada que cuenta el Rockero en Crucita y yo:
[...]
Uno de aquellos días Crucita cometió la imprudencia de decir a Monticola lo siguiente.
–Oye, ¿cuándo nos vas a hacer una fabada? Llevas años diciéndome que vas a hacer una y aún no la he probado –y entonces el Rockero hilvanó una de las suyas.
–Hacer una fabada es muy fácil, escúchame bien, yo sólo te digo tres cosas: las fabes deben brillar. Si su piel es mate te han engañado, te han vendido del ejercicio anterior; esa es la primera... Oye, ¿no me has dicho que te lo cuente? Pues escucha. ¿Tú sabes qué es un cerdo granillero? Pues es el cerdo que necesitas, un cerdo que se ha alimentado de las bellotas y castañas caídas en el suelo; esta, la segunda. Te costará encontrarlos, pero cuando tengas ambos ingredientes, ya puedes ponerte a cocinar. Con un poco de cebolla, otro poco de ajo y unos chorros de aceite de oliva, no puedes fallar, te quedará bien hasta el pantruque. Y al final, cuando vayas a servirla, ten en cuenta que las fabes se sacan a la mesa en una sopera del siglo XVIII, una sopera del Barroco; si no, no es lo mismo... ¡Ah!, y la tercera, que se me olvidaba. Si se toma café debe ser de puchero, y, en plan de rizar el rizo, es mejor tomarlo por el culo; hace muchísimo menos daño. Sí, no os riáis. El café, a partir de ciertas edades, es mal admitido por el estómago y se debe tomar directamente por el intestino grueso en forma de lavativa. ¿Os seguís riendo? Bueno, ya os enteraréis de mayores de lo que vale un peine. ¡Qué atrevidas sois las jóvenes! [...]
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Carta de un restaurante y manejos culinarios que Juan Evangelista cita en el último libro de sus aventuras, Perpétuum móbile.
[...]
¿Qué decir, por ejemplo, de las patatas meneás, cuyos únicos condimentos son ingredientes tan humildes como el laurel y el pimentón, o del limón de la Peña de Francia, esa inhabitual ensalada de los días de fiesta en las remotas dehesas de mis antepasados? Aquello, seguramente, se aderezaba ya a finales del siglo XVII, y cuando la probé percibí una oleada de viejos recuerdos que me trasladaron hasta mi más antigua infancia.
Allí estaba el aya, y a su lado la cocinera que oficiaba en casa de mis padres, señora de abundante aspecto y ojos llenos de curiosidad. Las dos me contemplaban con asombro, pues mis tempranas anomalías, de las que tanto dije, eran la mayor preocupación de cuantos habitaban en mi primera morada, pero cuando vieron que aceptaba sin reparos lo que en aquella ocasión habían preparado, que no habían sido pocos los experimentos anteriores que rechacé –y ello sin decir nada de la repugnancia que me provocaba la leche materna–, el clamor nació en el primer piso, ¡el niño ha comido!, ¡el niño ha comido...!, se trasladó a los cuartos de la servidumbre y desde allí llegó a la planta baja, a la ingente cocina y sus dependencias, a la huerta, los cobertizos, almacenes y tinglados que había adosados a la altísima pared de piedra que nos separaba del mundo exterior, y como todo ello sucediera un buen día a la hora del Ángelus, fue tomado como un prodigioso signo de la voluntad divina y celebrado con raciones extras para la servidumbre y el ganado, y poco faltó (ahora que lo pienso) para que repicaran también las campanas de la vecina catedral.
¿Y qué era ello? Antes le di el farragoso nombre de puré de la manzana del amor añadido de tenues, abundantes y transparentes tirillas de jamón, pero hoy, cavilando sobre ello, creo que se le podría aplicar otro más parco y acorde con su índole, cual es el de gazpacho de pastor, pues tal es la forma en que actualmente se conoce esta mixtura en los restaurantes y lujosos paradores de mi país.
Tiempo me faltó, una vez que recordé con precisión semejante episodio, para poner manos a la obra, y armado de batidoras y afilados cuchillos dar punto acertado a tan suculento manjar, por supuesto desconocido en nuestras latitudes, lo que constituyó uno más de los experimentos que por aquellos tiempos llevé a cabo y culminé bautizando como origen de la vida, golosina que disfrutó de perdurable éxito entre la clientela extranjera, que nunca había podido imaginar algo semejante.
Luego inventé la paella de ajo, simple conjunción del arroz mediterráneo y la sopa de ajo, que llegó a mi cabeza como descendida de los cielos durante una de mis habituales ensoñaciones de perpetuo insomne, y más tarde puse a punto la olla ferroviaria, que se componía de carne, patatas, alubias y berza, y que quienes hayan seguido mis pasos recordarán como producto de aquella noche en que, habiendo comenzado a nevar de manera inopinada, nos quedamos atascados en la locomotora del ferrocarril que nos trasladaba por las llanuras norteñas de la provincia de Palencia, cuando hicimos el potaje con carne de lobo.
Pocas comidas de enjundia son típicas del país que entonces me acogía, pero fiado en mis artes y recuerdos, pues una larga vida aporta multitud de conocimientos, transformé la carta que había escrito la negra en historiado documento, y allí se daban cita y se encontraban los orígenes de la vida con el nuégados y el alajú, las costradas con los ajoarrieros y las sopas de bestia cansada, y los lomos y perniles, puro magro añejo de gigantesco cerdo negro como los que en aquellos tiempos hozaban en libertad en los encinares y dehesas de los campos que me vieron nacer, con las chuletas del campo charro, que mis corresponsales de la vieja Miróbriga, con quienes me había puesto en contacto, me enviaban por avión.
Pero no quiero seguir con fastidiosos comentarios acerca de lo que de sí puede dar una cocina, de forma que, saltándonos buena parte de lo que cabría decir, hablemos para finalizar de la leche búlgara.
–Tómese este bebedizo, que le arreglará el cuerpo.
El pipío Marlowe miraba con prevención el vaso que le presentaba.
–¿Qué es esto?
–Lactobacíllum bulgáricum con mermelada de tomate. Le aseguro que se parece a la droga de la eterna juventud, y aunque a usted no le importe semejante extremo, le sentará de maravilla a su hígado.
El pipío Marlowe lo probó, hizo una mueca y apuró lo que quedaba. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano.
–¿Puede ponerme un poco más? Creo que me vendrá bien antes de las cervezas. Ta güeno, cuñao...
–Sí, claro, y le pondré también un acompañamiento de gajos de mandarina, que es usted cliente distinguido de la casa; ya lo sabe. Además, ¿le parece si nos tomamos esas cervezas en la terraza? Creo que la brisa de hoy nos refrescará.
... pero a la postre mis manejos eran muy limitados, sobre todo si los comparaba con las cosas que pude leer en los libros que trataban tales asuntos, a los que pronto me aficioné. El gran Leonardo da Vinci, por ejemplo, que siempre desatendió su trabajo de artista pues no le producía sino sinsabores, distinguía sobre todas las cosas el artefacto mecánico para confeccionar espaguetis, que era su invento preferido; tenía en la más alta estima su labor como jefe de cocinas de Ludovico Sforza, Gran Duque de Milán, y para los banquetes contrataba a cuantos escultores podía y los empleaba en tallar zanahorias y nabos en forma de caballitos de mar, y, en fin, con ocasión de algún regio y nupcial acontecimiento, confeccionó con mazapán un modelo del Palacio Ducal del tamaño de un campo de tenis. Díganme ustedes si tan altas empresas admiten comparación con mis modestos tejemanejes, pero ello nunca me desanimó y procuré en todo momento superarme. Y ahora, dejémonos de comentarios y prosigamos con el interminable cuento, del que aún restan algunas secuencias.
[...]
También pueden verse estas direcciones:
https://sites.google.com/site/lacocinaespanoladesiempre/
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miércoles, 10 de abril de 2013
Santander al final del siglo XVI
En 1575 se publicó en Alemania el libro llamado Civitates orbis terrarum, una colección de postales sobre muchas ciudades europeas, y entre ellas aparece Santander.
Gracias a semejante circunstancia tenemos una visión de primera mano de cómo era entonces la ciudad, y si a ello le sumamos las numerosas relaciones históricas de todo orden que aún se conservan (registros de ayuntamientos, de parroquias, censos, etc.), podemos intentar trazar un croquis de aquella zona.
Una ampliación de lo que es el recinto amurallado del croquis anterior se puede ver debajo.
El núcleo original de la ciudad, que se remonta a la Alta Edad Media, se instaló a la sombra de la colegiata (hoy catedral), sobre una loma (desaparecida tras el incendio de 1941) que se internaba en las aguas. A un lado quedaba la ría (hoy, calle de Calvo Sotelo), y al otro las aguas de la bahía, y todo ello estaba al socaire de lo que durante mucho tiempo se conoció como la sierra, otra loma bastante más alta que la defendía de los vientos del norte y cuya cumbre no es otra que la que hoy recorre el llamado paseo del Alta o General Dávila.
Tan escaso núcleo, seguramente ocupado por pescadores, fue aumentando de tamaño durante el transcurrir de los siglos, hasta que en el XV lo encontramos amurallado y convertido en una de las más importantes villas del cantábrico, reductos que defendían la costa norte española. Dentro de los muros estaban contenidas la puebla vieja (o alta) y la puebla nueva (o baja), y en el exterior se formaron dos arrabales, el de la Mar (actuales calles del Arrabal, Enmedio y Hernán Cortes hasta la calle del Martillo), y el de Fuera la Puerta (la puerta de San Pedro, una de las de la muralla), que encajaba en lo que hoy es el primer tramo de la calle Alta.
La línea costera de entonces no se correspondía con la actual, pues durante los últimos 400 años se han sucedido los rellenos para ganar terreno a las aguas. Sin embargo, no es difícil adivinar por donde corría en aquellos tiempos, pues basta seguir la curva de nivel. El acantilado sobre la bahía era el declive que desciende desde la actual calle Alta hasta las estaciones, Peña del Cuervo incluida, acantilado que acababa en donde está el Banco de España. Luego entraba una ría por lo que hoy es Calvo Sotelo, y la línea de costa iba por Hernán Cortés hasta la calle del Martillo (delante de este tramo había una playa). Desde allí seguía por Pedrueca, pasaba por detrás de la iglesia de Santa Lucía (que entonces no existía; la plaza de Cañadío era un marjal infecto), salvaba la peña Herbosa, es decir, las calles de Daoiz y Velarde y Peña Herbosa, y acaba en Molnedo, vulgo Casimiro Sainz, en lo que actualmente es entrada del túnel y donde debió de existir otro playazo. Bordeaba luego la peña por la que se empina la calle de Canalejas, y se alargaba hasta la cuesta del Gas. De ahí en adelante era parecido a lo que hoy podemos ver, pues el talud en que se asienta la actual avenida de Reina Victoria (entonces inexistente, por supuesto) era el cantil.
El resto del territorio estaría salpicado aquí y allá por granjas y alquerías dispersas, y tampoco serían raras las huertas que extramuros de la ciudad cultivaran los pobladores, en especial los viñedos, que, mirando al sur, existieron en gran cantidad (según dicen las crónicas).
Y en cuanto a la bahía, esta no presentaría el aspecto actual, sino que abundaría en arenales que cubrirían la mayor parte de su superficie y cambiarían continuamente de lugar con las mareas y las ocasionales avenidas del Miera (río Cubas). La canal, el lugar que se draga para que puedan entrar los barcos mayores, no estaba en donde está hoy, es decir, en medio de las aguas, sino que pasaba junto a la costa, lo que constituía una salvaguardia ante los corsarios y los ataques de franceses, ingleses y holandeses, por aquellos tiempos en perpetua pelea con España, puesto que fue entonces (a finales del s. XVI) cuando se construyeron los castillos de Hano (en la península de La Magdalena) y de San Martín. Este último se encontraba a escasa distancia de la citada canal, y cualquier barco que pretendiera entrar en el puerto había de vérselas con sus cañones, por lo que pocos lo intentaron 1 . El arenal de El Puntal (no sé si entonces, pero posteriormente conocido como banco del bergantín), aún hoy continuamente cambiante, probablemente estaría donde lo vemos, aunque sería mucho más extenso, y las rías que desembocan en el fondo de la bahía, las de Solía, Pontejos, Guarnizo, etc., aportarían año tras año el limo que fertiliza... Es seguro, por tanto, que con tal exuberancia de páramos, riberas, marismas y ensenadas, la cantidad y calidad de moluscos, ostras y almejas que se recolectaban en la bahía, sería de las que ya nos gustaría tener hoy.
1 En cierta ocasión (hablamos de finales del s. XVI), una flotilla de diez naves holandesas con seiscientos soldados a bordo intentó la aventura de saquear la ciudad, pero los santanderinos les salieron respondones y sucedió lo siguiente: uno de los barcos que intentaron la primera acometida fue desarbolado por los cañonazos del fuerte de San Martín y acabó encallando en los páramos. Ante tal pérdida, y viendo que por allí no podían entrar, desembarcaron en las playas del actual Sardinero, entonces campos de dunas, y se dirigieron hacia la ciudad. Pero no habían contado con que en ella se encontraba una escuadra castellana que había entrado a pertrecharse, en su mayor parte formada por vizcaínos, y mucha gente de armas. La mitad de aquel ejército plantó cara a los holandeses en las cercanías de lo que hoy es Alto de Miranda, que no esperaban semejante resistencia, y la otra mitad descendió hasta la ensenada de El Sardinero y tomó las naves enemigas, escasamente protegidas. El resultado final fue la completa prisión de los soldados asaltantes y la apropiación por la Corona de los barcos de la armada. Uno de los holandeses consiguió eludir el cerco y durante meses fue perseguido como guerrillero por las lomas cercanas, en donde se hizo famoso por sus hazañas y la gran cantidad de hijos que sembró, pero al fin logró escapar y pasar a Indias por el puerto de Lisboa, lo que conocemos por su biografía, Abdomen Lubricatus Terrorum Maris Castellae, extensa y curiosa narración hoy difícil de encontrar.
(En fin, esto último [1] ha sido una broma fruto de la invención, ustedes perdonen..., aunque yo conozco personas en Santander que podrían ser tataranietos del personaje aludido, o sea que la cosa tampoco va tan descaminada).
domingo, 10 de marzo de 2013
Cómo hacer sopa de la buena
Hacer sopa que esté buena es bastante fácil y rápido, contra lo que se suele suponer. Aquí voy a exponer el procedimiento (que es muy parecido) para hacer tres sopas diferentes: de pescado, de cebolla y de gallina.
Lo primero, en cualquier caso, es freír en una cazuela mucha cebolla picada groseramente; no vale la pena perder el tiempo con virguerías, puesto que luego vamos a meter el minipimer. Se puede añadir también ajo y puerro, todo ello picado, y dejarlo que se haga un buen rato (una hora a fuego lento). No hay que estar allí mirando, de forma que esta etapa es descansada.
Una vez conseguido el pochado, que es la base de todo, lo que resta es coser y cantar.
1 - Para la sopa de cebolla: se tritura más o menos lo que hay en la cazuela (minipimer) y se hace puré (tampoco del todo), al que se le añade el caldo del que se disponga. El mejor es el de verduras, pero también vale el de carne; si no se tiene, se echa agua, pero el resultado final no es tan bueno.
Se hace cocer (deberá estar bastante líquido) y se añade zanahoria en rodajas, pan duro en trozos, un puñado de arroz, algo de salsa de tomate (ya hecha) y un par de huevos enteros, que se dejan un cuarto de hora para que se pongan duros; luego se sacan y se dejan enfriar.
Esto se tiene cociendo una hora, más o menos, tapado y a fuego lento, y al final se pican por encima los huevos y se añade, si se quiere, queso rallado o en trozos, que se revuelve en el líquido hirviente para que se deshaga.
Está mejor de un día para otro, por lo que cuando se recaliente, cuidado con el queso, que tiene tendencia a agarrarse al fondo.
2 - Para la sopa de pescado: igual que la anterior, pero se añade caldo de pescado que debe tenerse preparado. Este caldo se hace con cabezas y espinas de rape, merluza, algo de congrio..., etc., aparte de mejillones. Una vez cocido, el caldo se cuela y se utiliza como se dice más arriba, y el pescado se deja enfriar, se limpia de espinas y pieles (de estas cabezas suele salir bastante carne, y si se tiene paciencia para desespinarlo escrupulosamente, del congrio también), y todo ello se añade al final sobre el líquido hirviente.
3 - Para la sopa de gallina: es lo mismo que las anteriores, pero debe tenerse prevenido caldo de gallina (se cuece gallina en la olla exprés durante una hora, el caldo se deja enfriar y se desgrasa, y la carne se desmenuza y se añade al final a la sopa).
Para seguir leyendo cosas parecidas sobre las sopas pueden ir a esta dirección:
https://sites.google.com/site/lacocinaespanoladesiempre/sopas-y-pures
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domingo, 10 de febrero de 2013
Lo antiguo y lo moderno
Arquitectura antigua y moderna, fotografía antigua y moderna (la de abajo está hecha con el móvil...). ¿Qué prefiere usted?
jueves, 10 de enero de 2013
El puente de Vargas si Santander no se hubiera quemado
Este terrible y chapucerísimo fotomontaje (esto es sólo para hacerse una idea; pido perdón a los entendidos) intenta mostrar cómo sería hoy la actual avenida de Calvo Sotelo de Santander, ciudad en el norte de España, si el centro antiguo no hubiera ardido durante el incendio que lo destruyó por completo en febrero de 1941.
Esta calle, en realidad, no se llamaba así, este es el nombre que le dieron en la posguerra, sino que durante siglos llevó el muchísimo más bonito y enjundioso de Atarazanas, calle de Atarazanas o de las Atarazanas, y ello debido a que en el extremo del fondo (de la foto) hubo unas atarazanas, o lo que es lo mismo, unos astilleros en donde durante los siglos XIV y XV se construyeron muchos de los galeones que formaban las escuadras castellanas que defendían la costa cantábrica. Luego, en 1936, hubo un alcalde del Frente Popular, quien (según dicen los libros) se empeñó en tomarse el cargo a lo grande, y una de las primeras cosas que se le ocurrieron fue cambiar el nombre de esta calle por el de Avenida de Rusia, ni más ni menos, y para engrandecerla y todo eso, derribó el puente, pues decía que estorbaba para la vida moderna. Este puente llevaba allí desde tiempo inmemorial (seguramente desde los siglos XII o XIII), y conectaba las dos pueblas, la vieja o alta, que se apiñaba en torno a la abadía (hoy catedral), y la nueva o baja, al otro lado de la ría, porque la calle que se observa en la foto fue una ría por donde los barcos construidos aguas arriba salían a la mar (a las aguas de la bahía, en realidad). Todo esto se observa bastante bien en la segunda foto, que es el celebérrimo grabado de Braun recortado, iluminado y etiquetado.
Si Santander no se hubiera quemado ni tenido un alcalde del Frente Popular con afición a la piqueta, hoy seguramente tendríamos ahí el puente, el puente de Vargas, uno de los muchos nombres que durante su larga vida llevó, que conectaba los barrios más antiguos de la ciudad. Seguramente quedaría bonito, y esta sería una zona que habría pasado a ser peatonal, como se ha hecho en otras ciudades, pero el hombre propone y Dios dispone..., y lo digo porque los edificios que se observan en la foto (de arquitectura neo herreriana, cosas de finales de los años 40 del pasado siglo, puesto que toda esa zona fue reconstruida después del incendio citado) tampoco estarían ahí, sino que continuarían los antiguos, de tres o cuatro plantas y cubiertos de las típicas balconadas y miradores que aún pueden observarse en otras partes de la ciudad y en la foto de abajo.
Otras elucubraciones sobre este asunto, cómo sería Santander si no hubiera ardido durante el famoso incendio, pueden verse aquí, aquí, y aquí.
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jueves, 6 de diciembre de 2012
Un banquete español
El auténtico banquete español estaría formado por los siguientes platos:
1 Gazpacho (andaluz –o moro)
2 Tortilla de patatas (nacional –o moderno)
3 Paella de pescado y marisco (mediterránea –o costero)
4 Cocido (castellano –o visigodo)
Estos son los platos clásicos de la cocina española de los últimos siglos, y si a ello le añadimos un postre como
5 Bizcocho de peras y chocolate, tenemos cubierto casi todo el espectro.
(Nota: las recetas de los platos citados se pueden encontrar aquí).
Estos son los ingredientes:
1 Gazpacho
tomate, pimiento, cebolla, ajo, pepino,
aceite, vinagre, pan y sal
2 Tortilla de patatas
aceite, patata, cebolla, huevo
3 Paella de pescado y marisco
arroz,
aceite, ajo, pimiento, tomate,
mejillones, almejas, gambas, congrio, rape, pescadilla...
4 Cocido
garbanzos,
vaca, cerdo, gallina,
cebolla, ajo, nabo, zanahoria, repollo, patata,
aceite y pimentón
5 Bizcocho de frutas y chocolate
yogur, harina, aceite, azúcar, huevo,
peras, chocolate
…
PROCEDIMIENTO:
El día anterior al banquete se preparan el gazpacho, el cocido, la tarta y el caldo de pescado para la paella, y todo ello, una vez frío, se deja reposar en la nevera. El pescado, una vez cocido, se limpia de pieles y espinas y se guarda asimismo en la nevera.
El día que se vaya a comer se fríen patatas para la tortilla y se va calentando el cocido; mientras se fríen las patatas (una media hora) se hace la paella, y mientras reposa la paella se hace la tortilla; así se puede sacar todo caliente a la mesa.
El cocido se sirve caldoso, no seco sino más bien como un potaje, pero cuidando de que cada plato –o cada cuenco– contenga un poco de todo, caldo, garbanzos, carne, repollo y etc.
Como son muchos platos, hay que calcular la mitad, o menos, de lo normal para cada uno, y con esto creo que está dicho lo más importante. ¡Que aproveche!
…
Se podría añadir la sopa de ajo. Lo que ocurre es que sus ingredientes –ajo, pan, aceite, pimentón, tomate, huevo, etc.–, ya han sido utilizados, y sopa hay una, el gazpacho. Sin embargo, es también uno de los platos nacionales, sin la menor duda. Una alternativa sería: de entrante, dos chupitos de sopa, una fría y otra caliente: gazpacho y sopa de ajo.
... y si usted se ha quedado con hambre y nota, después de la siesta, así como un gusanillo, nada más fácil de remediar. Abundando en la materia que nos ocupa –la historia–, puede prepararse un tentempié compuesto por un chocolatito acompañado por los inevitables churros, otra preparación exclusivamente española, que pocas cosas hay más reconfortantes.
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sábado, 10 de noviembre de 2012
La barandilla de la Primera Playa del Sardinero
Esta es una foto pintada, yo creo que eso salta a la vista, y se trata de la barandilla que durante muchos años cerró la terraza que hay sobre la Primera Playa del Sardinero, en Santander. Era una obra antigua, quizá de los años 40 del pasado siglo, o incluso anterior, y ya no existe. (Véase la siguiente foto).
... y esta, la misma barandilla en la actualidad. Como se ve, ha sufrido una reforma. Y es que los tiempos cambian... (etc., etc.).
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miércoles, 10 de octubre de 2012
Elogio de Santander
Esta ciudad pasa por ser una de las más bonitas de España, y de cierto que lo es, un sitio magnífico para los aficionados a la fotografía, pues salvando las inevitables barriadas, unas construidas durante la posguerra y otras durante los años 70, 80 y 90 del pasado siglo (de ellas no voy a hacer mención), hay muchos lugares que merecen la pena y por los que puede uno darse una vuelta con toda comodidad.
En primer lugar se puede señalar el ensanche, barrio construido durante la segunda mitad del siglo XIX...
Las casas del paseo de Pereda, en el ensanche santanderino, desde la pedreñera, o sea, la lancha que lleva a Pedreña.
... y su aledaño Puertochico, dársena que fue de los pescadores hasta la mitad del siglo pasado (dársena de Molnedo) y hoy ha sido ocupada por los barcos de recreo de los ricachos.
A continuación hay que citar la península de la Magdalena, que encierra uno de los mayores y más vistosos parques de este país, con sus playas y su palacio de cuento de hadas dominándolo todo.
... y para acabar esta breve enumeración, la zona de las playas conocida como El Sardinero. En la imagen se ve la Primera Playa.
Y aquí dejo esta última foto, que es de Camargo Rain (el autor de estas entradas) tomando cerveza en el bar que hay en donde se cogen las pedreñeras (aunque los detalles no aparecen en la foto), las lanchas que unen la ciudad con los pueblos de enfrente, Pedreña y Somo, pero también llevan a quien lo desee a darse un garbeo por las aguas de la bahía. Este lugar está junto a esas mismas aguas, en el muelle aledaño al paseo de Pereda, y a todo el mundo se lo recomiendo, el bar y el paseo en lancha.
En primer lugar se puede señalar el ensanche, barrio construido durante la segunda mitad del siglo XIX...
Las casas del paseo de Pereda, en el ensanche santanderino, desde la pedreñera, o sea, la lancha que lleva a Pedreña.
... y su aledaño Puertochico, dársena que fue de los pescadores hasta la mitad del siglo pasado (dársena de Molnedo) y hoy ha sido ocupada por los barcos de recreo de los ricachos.
A continuación hay que citar la península de la Magdalena, que encierra uno de los mayores y más vistosos parques de este país, con sus playas y su palacio de cuento de hadas dominándolo todo.

... y para acabar esta breve enumeración, la zona de las playas conocida como El Sardinero. En la imagen se ve la Primera Playa.
Y aquí dejo esta última foto, que es de Camargo Rain (el autor de estas entradas) tomando cerveza en el bar que hay en donde se cogen las pedreñeras (aunque los detalles no aparecen en la foto), las lanchas que unen la ciudad con los pueblos de enfrente, Pedreña y Somo, pero también llevan a quien lo desee a darse un garbeo por las aguas de la bahía. Este lugar está junto a esas mismas aguas, en el muelle aledaño al paseo de Pereda, y a todo el mundo se lo recomiendo, el bar y el paseo en lancha.
lunes, 10 de septiembre de 2012
El "ensanche" santanderino
Días atrás he hablado del incendio de Santander de febrero de 1941 (esto se puede ver aquí, aquí y aquí), cuando durante una noche de viento sur huracanado se quemó por completo lo que durante siglos había sido el centro de la ciudad. Aquello fue una catástrofe, claro es, pues nos quedamos sin buena parte de la historia de la población, pero aún restó parte de lo antiguo, que ahí sigue. Se trata de lo que se conoce como el ensanche, barrio construido entre la mitad y el final del siglo XIX. Son casas antiguas y muy bonitas, por lo que no se pierde nada dándose una vuelta por allí.
En el mapa, rebordeado de rosa y tachado de rojo, se señala la parte que se quemó (hoy reconstruida según los patrones de 1942 y años posteriores, lo que se ha dado en llamar arquitectura franquista o neo herreriana), y rebordeado de amarillo se muestra el ensanche, que ya se ve que es grande. Este barrio linda al sur con las aguas de la bahía, y el paseo que lo delimita es el paseo de Pereda, también conocido antiguamente como el Bulevar, o más recientemente, el tontódromo.
En la foto que antecede a estas líneas se ve una de las casas más sobresalientes, la que se conoce como Arcos de Botín, y la que encabeza este comunicado (arriba del todo) es una vista del citado paseo (el de Pereda) desde el palacete del Embarcadero.
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viernes, 10 de agosto de 2012
La roca de la playa del Camello, pintada
Esta es la roca que preside la playa de El Camello, en Santander, fotografiada en blanco y negro, virada en sepia e iluminada con lápices, ceras, acuarelas, pinceles, algodones, rotuladores...
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lunes, 14 de mayo de 2012
Foto pintada, una más
Otra foto, en blanco y negro y virada en sepia, pintada con las manos. Los colores están dados con trozos de algodón mojados con agua y tinta de rotulador, y hay algún punteado de rotulador por las buenas. También hay un kalquito pegado, el barco, y dos estrellas pintadas fatal en la esquina superior derecha. La chavala es guapa de todas formas, ¿no?
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viernes, 13 de abril de 2012
Nueva foto pintada
Esta sí que es una foto pintada con las manos y rotuladores de las que se hacían durante los años 70 del pasado siglo, nada menos...
viernes, 9 de marzo de 2012
Otra foto pintada: niña fanta
Esta es una foto en blanco y negro, virada en sepia y pintada, aunque sólo un trozo: la niña. Además, a ella le he puesto un bocadillo: Fanta. Esta es una técnica muy agradecida, o por lo menos suele suceder que a casi todo el mundo le gusta y lo celebra con ruido.
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lunes, 13 de febrero de 2012
Una foto pintada
Este blog se llama «Fotos pintadas», pero la verdad es que casi no he puesto aquí fotos de esas. Pongo hoy una, y pondré más en entradas posteriores por si a alguien le interesa esta técnica.
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La foto de arriba es una foto en blanco y negro, virada en sepia y pintada con rotuladores. (Aviso: para pintar quedan mucho mejor las fotos viradas en sepia que las que son en blanco y negro simplemente). Hay muchas técnicas para pintar fotos, dependiendo, sobre todo, de su superficie. Si son brillantes (como era esta) se pintan mejor con rotuladores o acuarelas aplicadas con pinceles; también con la tinta del rotulador diluida en agua, e incluso con tintas de pastelería. Si son mates, aparte de rotuladores y demás –pues en superficies mates coge todo–, quedan muy bien los lápices de colores y las ceras, con las que se pueden añadir simples trazos o grandes borrones que se extienden con el dedo para cubrir superficies. Además, con un rotulador fino y negro se pueden rebordear los objetos, que es una técnica que le gusta mucho a todo el mundo.
Es cuestión de paciencia: al principio parece que todo queda fatal, pero si se persevera en el empeño se irá observando que con el tiempo los resultados mejoran.
Eso sí: no se puede dar marcha atrás como con el photoshop (Control+z), pero si el resultado no es bueno siempre queda el recurso de meter la foto debajo del grifo y dejarla secar a continuación, pues esta clase de tintas (las de rotulador o las acuarelas) se disuelven muy bien en agua y desaparecen. Los trazos de lápiz o cera se quitan con goma de borrar, y los rotuladores finos y negros no desaparecen del todo de ninguna manera, así que cuidado con ellos, que luego no se pueden borrar.
Otra clase de fotos, como las hechas con impresora sobre cartulina, se pueden igualmente pintarrajear por encima con lápices de colores (o ceras), y los resultados suelen ser divertidos.
Con sprays y plantillas recortadas (para ocultar zonas que no queremos manchar), también se consiguen buenos efectos, y por último, hay quien pinta con óleo o pintura acrílica, sobre todo si las fotos son grandes, pero como nunca me he metido en semejantes berenjenales, de esto no digo nada.
Otra foto pintada puede verse aquí.
miércoles, 11 de enero de 2012
Carretera en los Andes
Esto, aunque no lo parezca, es una carretera que recorre una ladera. Está en mitad de Sudamérica, y la tomé en uno de mis numerosos viajes alrededor del mundo (ja ja, que dicen por ahí)... Bueno, no, voy a decir la verdad: este es un tramo de la carretera que desde Bárcena de Pie de Concha (historiado nombre) sube al pantano del Alsa, todo lo cual se puede decir que está en el valle de Iguña, un poco antes de entrar en las famosas Hoces que tantos disgustos nos causaron. Por decirlo ya todo, fue Fernando VI, allá por los mediados del siglo XVIII, quien construyó la carretera que pasa por las mencionadas Hoces, obra ingente para la época. Como de costumbre, la foto se ve mucho mejor si se hace clic sobre ella.
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